Logia Hermes Nº 13. Madrid. » Literatura http://www.logiahermes.org Sitio web de la R:.L:.S:. de San Juan, Hermes Nº 13. Gran Logia Provincial de Madrid. Gran Logia de España Tue, 22 Mar 2016 19:36:34 +0000 es-ES hourly 1 http://wordpress.org/?v=3.9.1 ¿Existe una literatura masónica? http://www.logiahermes.org/existe-una-literatura-masonica/ http://www.logiahermes.org/existe-una-literatura-masonica/#comments Mon, 09 Dec 2013 09:15:22 +0000 http://www.logiahermes.org/?p=549 Fuente: Museo Virtual de Historia de la Masonería

Bajo la denominación de literatura masónica se comprenden una serie diversa de escritos; desde los textos de las partituras musicales concebidas para el oficio masónico (por ejemplo, la letra prestada por el masón Emanuel Schikaneder a las piezas específicamente masónicas compuestas por Mozart), hasta los relativos a rituales masónicos (oficiales o no), pasando por las planchas o trabajos relativos a historia, principios, etc. de la Orden, incluida también la correspondencia oficial girada entre logias, o los reglamentos y normativa de cada Obediencia, etc.

Pero por otro lado, también existe una literatura generada por masones inspirada, en mayor o menor medida, por la cultura y valores más positivos de la Orden tales como la paz, la fraternidad, el recurso al simbolismo como medio de expresión suprarracional, etc.

Ciertamente, al estudiar la obra literaria de algunos de los masones seleccionados en este Museo Virtual, resulta extremadamente difícil determinar las líneas de influencia específicamente masónica que aparecen reflejados en los temas y detalles de cada una de sus obras. A fin de cuentas, los llamados “valores masónicos” no son algo exclusivo de la Orden, sino que forman parte de lo más noble de la naturaleza humana, con independencia de las formas o credos que adopte. Aun con tales matices, merece la pena presentar algunos autores masones con sus obras confiando en que el lector sabrá suplir tales obstáculos.

Museo Virtual de Historia de la Masonería (M:.H:.M:.)

 

  ¿HAY UNA LITERATURA MASÓNICA?

Podemos preguntarnos con toda legitimidad si existe o no una literatura masónica propiamente dicha. Cuestión que, si bien es muy debatida en algunos foros, no nos ofrece la mínima duda.

Parece indispensable dejar constancia de que, bajo la denominación genérica de literatura masónica, se encuadran una serie de muy diversos escritos. Pongamos un ejemplo: los textos de las partituras musicales que se conciben para el oficio ritual, entrarían sin problemas en este apartado, igual que los reglamentos de logias y obediencias, las recopilaciones de actas, la correspondencia postal y el resto de documentos escritos que genera de hecho la actividad propia de los talleres. Ni que decir tiene que las planchas selectas de los francmasones también formarían parte de este cajón de sastre literario; a éstas, probablemente, sí podríamos considerarlas como textos literarios en el más estricto sentido del término, aunque solo a las más escogidas y bien confeccionadas, que son las menos.

Es evidente que nosotros no queremos hablar aquí de toda esta literatura de gestión, sino exclusivamente de la que denominamos literatura creativa, es decir, de la que nace de la imaginación del escritor o de su personal experiencia comunicativa como autor original y distintivo.

Algunos escritores han generado obras en las que se nota algún tipo de espíritu o inspiración masónicos. En esos títulos suelen aparecer los valores esenciales que predicaba la histórica Masonería, como la fraternidad, la igualdad, la paz social, la filantropía, la libertad de conciencia o la compasión respetuosa, y no suelen hallarse exentas de un simbolismo más o menos patente. Sin embargo, desde un punto de vista racional, resulta muy difícil determinar y concretar las líneas de influencia puramente masónicas, dada la universalidad de los valores aludidos; en realidad, la presencia de los mismos nada tiene que ver directamente con el hecho de que el autor sea o no iniciado en la Francmasonería. Por lo tanto, debemos señalar que no existe ni de lejos una literatura masónica propiamente dicha, como tampoco existe una arquitectura masónica ni una música masónica.

No obsta lo dicho para afirmar que nos parece razonable admitir llanamente que sí hay una música de uso prioritariamente masónico, es decir, un determinado tipo de música que resulta ideal en los rituales de la Masonería y que se utiliza en ellos de manera generalizada y preferente; o hasta incluso que se conocen determinadas composiciones concretas de inspiración masónica, bien escritas por francmasones –como sucede en el caso de La flauta mágica de Mozart– o compuestas ex profeso para determinados ritos de la Masonería. De entre todos, recordaremos aquí por su repercusión a Gotthold Ephraim Lessing, Joann W. Von Goethe, Walter Scott, Rudyard Kipling, Rabindranath Tagore, León Tolstoi, Oscar Wilde, Victor Hugo, Arthur Conan Doyle, Henri Beyle Stendhal, Gabriel d’Annunzio, José Martí, Vicente Blasco Ibáñez, Tomas Mann y Antonio Jerocades. Grandes pensadores y escritores iniciados en la Orden han sido también, por ejemplo, Johann Gottfried Herder, Vittorio Alfieri, Giacomo Casanova, Jonathan Swift, James Thomson, Edmundo de Amicis, Alexander Pope, Eugène Sue, Carlo Goldoni, Alexander Pushkin, Rafael Sabatini, Salvatore Quasimodo, Giosuè Carducci, Robert Burus, Carlo Lorenzini y Charles de Coster, entre otros. Téngase en cuenta, además, que tres de ellos fueron premios Nóbel de literatura: Kipling, Carducci y Quasimodo. Y aun citando semejante ramillete de grandes intelectuales, estamos convencidos de que nos olvidamos en el tintero un buen número de celebrados autores que se dejaron seducir en algún momento de sus vidas por los principios y misterios de la Francmasonería y que, en mayor o menor medida, han colaborado en la extensión universal de los principios que rigen esta controvertida institución.

Son legión los escritores –prosistas o poetas– que han dado su nombre a la Orden a lo largo de los siglos, porque en su día tuvieron el sueño de una humanidad libre y en paz bajo el imperio del respeto y el dictado de la fraternidad. Sin embargo, abundan más fuera de España que en nuestro país, porque las circunstancias históricas de los siglos XIX y XX han marcado nuestro suelo como zona peligrosa para el desarrollo en plenitud de los postulados masónicos.

La utopía masónica será, para muchos intelectuales europeos, un ideal a tener en cuenta a modo de faro, guía y referencia en sus vidas cotidianas. Ideales que harán de la praxis masónica un vehículo ágil hacia vías de superación, tanto en el ámbito privado como en el círculo social frecuentado por cada iniciado. Los escritores somos muy dados, no a creernos utopías lejanas y espurias ensoñaciones, sino a ver nobles ideales –como los de igualdad, libertad y fraternidad, que predica la Masonería– a manera de esperanzas factibles de convertirse en hechos irrefutables. El literato forja en su interior el sueño de un mundo mejor; escribe porque quiere cambiar algo, porque tiene inquietudes, porque anhela dejar para el futuro su modesto legado: una pequeña muestra de su pensamiento irrepetible. En definitiva, el escritor, el poeta, pretende fijar y legar un testimonio de su pasar. La iniciación en Masonería es contemplada con frecuencia como la herramienta de acceso hacia el laberinto de la búsqueda y la perfección. En el peor de los casos, puede trocarse para algunos escritores defraudados en una sugestiva experiencia digna de ser vivida y relatada.

El hecho de que existan tantos y tan notables literatos iniciados en la Masonería –en especial en los siglos XIX y primera mitad del XX–, no es óbice para que demos por sentado que existe una literatura masónica. La Masonería, o mejor dicho su aliento, su espíritu, embebe mundos personales en los que sus principios son respetados y juegan un papel. Los escritores iniciados trabajan en libertad, al menos algunos poco celosos de una libertad anchurosa y sin cortapisas, aunque sin perder de vista en ningún caso esos sutiles horizontes que van acotando las vías adecuadas o políticamente correctas por las que conviene caminar. El hálito de la Francmasonería lo hallamos en universos literariamente tan dispares como el de la política, la historia, el periodismo, la educación… y hasta en el cómic.

Por lo tanto, si bien no existe una literatura masónica de creación –y menos todavía una literatura masónica de género lírico–, sí vemos en cambio una literatura con hechuras e influencias masónicas en la que reconocemos con facilidad la presencia de ese hálito al que nos hemos referido más arriba.

La iniciación masónica de un escritor, de un poeta, no hace de su literatura posterior una obra masónica; seguirá siendo literaria sin más, pero no cabe duda de que su pluma tendrá desde entonces un componente intelectual nuevo que de alguna manera condicionará sus escritos. No podemos identificar como masónica la obra de un escritor por el mero hecho de que éste fuese masón. Lo mismo que tampoco se puede despreciar la importancia iniciática en el rasgo creativo de los literatos masones.

En cualquier caso, el corpus literario de un autor será de dicho autor, no de la Masonería. Nos parece absurda, y poco inteligente además, la pretensión de identificar la grandeza literaria o cultural de la Francmasonería en función de la suma de los grandes escritores iniciados que en el mundo han sido. En este sentido, estamos muy de acuerdo con el profesor Ferrer cuando escribe desde la sabiduría y la experiencia que «así como la masonería no tiene, ni puede tener religión propia, ni filosofía, ni doctrina política, sociológica, económica o científica propias, ni una música o arquitectura propias, de igual modo la masonería no tiene, por supuesto, una específica y vinculante poética o narrativa» (José Antonio Ferrer Benimeli, “Prólogo” a Ricardo Serna, Masonería y Literatura. La Masonería en la novela emblemática de Luis Coloma, Madrid, 1998, p. 11).

 

Ricardo Serna

Bibliografía:

Ricardo Serna, La corona dorada. Poesía de iniciados, Oviedo, 2013 (En prensa).

Ricardo Serna, “Masonería y literatura, dos ámbitos en confluencia”, Revista La Página nº 77, Año XXI, nº 1, Santa Cruz de Tenerife, mayo 2009, pp. 27-45.

Ricardo Serna, Estudios masónicos. Cinco ensayos en torno a la Francmasonería, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2008.

 

 

 literatura masónica

Los poetas contemporáneos (1846), del pintor Antonio María Esquivel

En él retrató a numerosos literatos que constituyeron la pléyade del Romanticismo español, junto con políticos, pintores, músicos, actores e intelectuales. Aparecen Antonio Ferrer del Río (1814-1872), Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), Juan Nicasio Gallego (1777-1853), Antonio Gil y Zárate (1793-1861), Tomás Rodríguez Rubí (1817-1890), Isidoro Gil y Baus (1814-1866), Cayetano Rosell y López (1817-1883), Antonio Flores (1818-1866), Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), Francisco González Elipe, Patricio de la Escosura (1807-1878), José María Queipo de Llano, conde de Toreno (1786-1843), Antonio Ros de Olano (1808-1887), Joaquín Francisco Pacheco (1808-1865), Mariano Roca de Togores (1812-1889), Juan González de la Pezuela (1809-1906), Ángel de Saavedra, duque de Rivas (1791-1865), Gabino Tejado (1819-1891), Francisco Javier de Burgos (1824-1902), José Amador de los Ríos (1818-1878), Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), Carlos Doncel, José Zorrilla (1817-1893), José Güell y Renté (1818-1884), José Fernández de la Vega, Ventura de la Vega (1807-1865), Luis de Olona (1823-1863), Antonio María Esquivel, Julián Romea (1818-1863), Manuel José Quintana (1772-1857), José de Espronceda (1808-1842), José María Díaz (? – 1888), Ramón de Campoamor (1817-1901), Manuel Cañete (1822-1891), Pedro de Madrazo y Kuntz (1816-1898), Aureliano Fernández-Guerra (1816-1891), Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882), Cándido Nocedal (1821-1885), Gregorio Romero Larrañaga (1814-1872), Bernardino Fernández de Velasco y Benavides, duque de Frías (1873-1851), Eusebio Asquerino (h.1822-1892), Manuel Juan Diana (1814-1881) y Agustín Durán (1793-1862)

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Oscar Wilde http://www.logiahermes.org/oscar-wilde/ http://www.logiahermes.org/oscar-wilde/#comments Mon, 26 Aug 2013 10:15:57 +0000 http://www.logiahermes.org/?p=433 Oscar Wilde MasónOscar Wilde (1854-1900) fue iniciado el 25 de mayo de 1875 en la logia universitaria Apollo nº 357 de Dublín

De entre los grandes escritores ingleses masones, como Alexander Pope (1688-1744), Sir Walter Scott (1771-1832), Anthony Trollope (1815-1882), Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) o Rudyard Kipling (1865-1936), hay que citar también al famoso dublinés, Oscar Wilde (1854-1900). El joven Wilde pasó del Trinity College de Dublín, al Magdalen College, de Oxford, e hizo amistad con el príncipe Leopoldo en aquellos años universitarios. Éste era hijo de la Reina Victoria y también francmasón, llegando a ser Venerable maestro de la logia universitaria Apollo en 1876.

A la logia Apollo de Oxford entraría Wilde iniciándose de la mano de su colega John Edward Courtnay Bodley, del Balliol College. Oscar Wilde se iniciaría el 25 de mayo de 1875 con otras dos personas, en una tenida en la que hubo también un pase a compañero y una elevación a maestro, es decir, un día muy lleno de eventos masónicos. En esto el joven Wilde no hacía sino seguir los caminos iniciáticos de su padre, masón en Irlanda. La logia universitaria de Apollo, hoy número 357, todavía continúa trabajando con un ritual histórico y vestidos tradicionales desde hace dos siglos.

La masonería ocupó muchos de sus días en Oxford, fascinado por los grados y sus misterios. Pasó al segundo grado el veinticuatro de abril, y el veinticinco de mayo de 1875 ya sería elevado al grado de maestro masón, para vincularse luego a la logia Churchill en noviembre, donde llegaría a ser Guarda Templo Interior, entre otros cargos. En noviembre de 1876 llegaría al grado dieciocho Rosa Cruz del Capítulo de la Universidad de Oxford nº 40, lo que traería consecuencias importantes al revigorizar con nuevos impulsos su religiosidad de origen católico, ya que ese rito está impregnado de contenidos trinitarios.

En 1878 fue a Londres donde se casaría con Constansce Lloyd en 1884. Allí pasaría una década debatiéndose entre lo que es aceptable moralmente o no, hasta que en 1895, en la cumbre de su gloria, fue procesado por sus prácticas homosexuales con un joven muchacho de alta alcurnia, Lord Alfred Douglas, acusado por el padre de éste y el marqués de Queensberry y encarcelado con dos años de trabajos forzados que le hundieron moral y físicamente. Una vez cumplida su condena se refugió en París con otro nombre, para no ser reconocido y allí, por el trato con un sacerdote irlandés volvió a convertirse al catolicismo, del que se había alejado en 1880, cuando también dejó la masonería. En 1900 murió en París.   Entre sus obras, la que muestra una mayor y clara influencia masónica es Vera o los nihilistas (Vera or the Nihilist), donde aparece en el primer acto un encuentro de conspiradores que transmiten su palabra de paso en una ceremonia, con clara influencia en el ritual masónico, combinando varios ritos, como el de la Marca. Sin embargo, en esa época, 1880, ya había dejado la Francmasonería. De modo más sutil podemos hallar rastros del pensamiento masónico y una religiosidad íntima en varias de sus obras. Aunque tal vez la más famosa sea su novela El retrato de Dorian Gray, así como numerosas piezas de teatro, como Salomé; también tiene varias obras poéticas en las que se ven problemas morales, se denuncian situaciones políticas y sociales o se percibe una libre religiosidad. Tal vez la más conocida de sus obras poéticas sea su Balada de la cárcel de Reading, donde muestra su espanto por la ejecución de un compañero de la cárcel, lo mismo que es especialmente leído su libro De Profundis, donde habla de lo que le ha conducido a la ruina. Pero además de estas hondas obras, con temática social crítica, tiene poemas dedicados tanto al discípulo como al maestro; alguno incluso dedicado al maestro de sabiduría.

Si Carducci, el conocido poeta masón y premio Nobel, haría un poema a la iglesia de Polenta, en el entorno de Ravena, en la que recuerda también la figura de Dante enterrada en sus proximidades, también sucede algo parecido con Oscar Wilde y su poema dedicado a Ravena, que escribió en 1877 en aquella ciudad italiana en el que muestra su aprecio por los caballeros del medioevo, tan cercanos a la concepción de ciertas formas de masonería. También hay restos del misterio en su largo poema a la Esfinge. Y el poema a Louis Napoleón destaca su admiración por la democracia y una Francia libre y republicana. Pero en Libertad, sagrada palabra (Libertatis, sacra fames), exhibe su rechazo por la demagogia, por los excesos revolucionarios. Entre los poemas de una propia y personal religiosidad cabe citar Ave Maria, Gratia Plena, también en el conjunto de su Rosa Mystica, como San Miniato, Sonnet on hearing the Dies Irae sung in the Sistine Chapel, etc.

Extractado de: Ilia Galán, “Poetas y masones”, en Cultura masónica, 4 (2010), pp. 45-66.

POEMAS DE OSCAR WILDE

       Amor intellectualis

A menudo pisamos los valles de Castalia y de antiguas cañas oímos la música silvana, ignorada del común de las gentes; e hicimos nuestra barca a la mar que Musas tienen por imperio suyo, y aramos libres surcos por ola y por espuma, y hacia lar más seguro no izamos reacias velas hasta bien rebosar nuestro navío.

De tales despojados tesoros algo queda: la pasión de Sordello y el verso de miel del joven Endimión; altivo Tamerlán portando sus jades tan cuidados, y, más aún, las siete visiones del Florentino. Y del Milton severo, solemnes armonías.

Estatua de Oscar Wilde en Dublín

      Apología

¿Es tu voluntad que yo crezca y decline? Trueca mi paño de oro por la gris estameña y teje a tu antojo esa tela de angustia cuya hebra más brillante es día malgastado.

¿Es tu voluntad —Amor que tanto amo— que la Casa de mi Alma sea lugar atormentado donde deban morar, cual malvados amantes, la llama inextinguible y el gusano inmortal?

Si tal es tu voluntad la he de sobrellevar y venderé ambición en el mercado, y dejaré que el gris fracaso sea mi pelaje y que en mi corazón cave el dolor su tumba. Tal vez sea mejor así, al menos no hice de mi corazón algo de piedra, ni privé a mi juventud de su pródigo festín, ni caminé donde lo Bello es ignorado.

      Portia

A Ellen Terry

Poco me maravilla la osadía de Basanio de arriesgar todo lo que tenía al plomo, o que el orgulloso Aragón bajara la cabeza, o que Marroquí de corazón en llamas se enfriara: pues en ese atavío de oro batido que es más dorado que el dorado sol, ninguna mujer que Veronese mirara era tan bella como tú a quien contemplo. Aún más bella cuando con la sabiduría por escudo al vestir la toga severa del jurista y no permitieras que las leyes de Venecia cedieran el corazón de Antonio a ese judío maldito. ¡Oh Portia!, toma mi corazón: es tu debido pago; no he de objetar a ese aval.

 

      Flores de amor

Amor, no te culpo; la culpa fue mía, no hubiera yo sido de arcilla común habría escalado alturas más altas aún no alcanzadas, visto aire más lleno, y día más pleno.

Desde mi locura de pasión gastada habría tañido más clara canción, encendido luz más luminosa, libertad más libre, luchado con malas cabezas de hidra.

Hubieran mis labios sido doblegados hasta hacerse música por besos que sólo hicieran sangrar, habrías caminado con Bice y los ángeles en el prado verde y esmaltado.

Si hubiera seguido el camino en que Dante viera los siete círculos brillantes, ¡Ay!, tal vez observara los cielos abrirse, como se abrieran para el florentino.

Y las poderosas naciones me habrían coronado, a mí que no tengo nombre ni corona; y un alba oriental me hallaría postrado al umbral de la Casa de la Fama. Me habría sentado en el círculo de mármol donde el más viejo bardo es como el más joven, y la flauta siempre produce su miel, y cuerdas de lira están siempre prestas.

Hubiera Keats sacado sus rizos himeneos del vino con adormidera, habría besado mi frente con boca de ambrosía, tomado la mano del noble amor en la mía.

Y en primavera, cuando flor de manzano acaricia un pecho bruñido de paloma, dos jóvenes amantes yaciendo en la huerta habrían leído nuestra historia de amor. Habrían leído la leyenda de mi pasión, conocido el amargo secreto de mi corazón, habrían besado igual que nosotros, sin estar destinados por siempre a separarse.

Pues la roja flor de nuestra vida es roída por el gusano de la verdad y ninguna mano puede recoger los restos caídos: pétalos de rosa juventud.

Sin embargo, no lamento haberte amado — ¡ah, qué más podía hacer un muchacho, cuando el diente del tiempo devora y los silenciosos años persiguen!

Sin timón, vamos a la deriva en la tempestad y cuando la tormenta de juventud ha pasado, sin lira, sin laúd ni coro, la Muerte, el piloto silencioso, arriba al fin.

Y en la tumba no hay placer, pues el ciego gusano se ceba en la raíz, y el Deseo tiembla hasta tornarse ceniza, y el árbol de la pasión ya no tiene fruto.

¡Ah!, qué más debía hacer sino amarte; aún la madre de Dios me era menos querida, y menos querida la elevación citérea desde el mar como un lirio argénteo.

He elegido, he vivido mis poemas y, aunque la juventud se fuera en días perdidos, hallé mejor la corona de mirto del amante que la de laurel del poeta.

 

      Hélas!

Con cada pasión a la deriva hasta que mi alma sea un laúd en cuyas cuerdas todos los vientos tañen. ¿Para esto renuncié a mi sabiduría antigua ya mi austero control? Mi vida es un palimpsesto garabateado en alguna vacación de muchacho con canciones ociosas para flauta y rondó que solamente ocultan el secreto del todo. Por cierto que hubo un tiempo cuando osé pisar las alturas soleadas y de las disonancias de la vida logré claros acordes para llegar al oído de Dios. ¿Está muerto ese tiempo? Mirad, con mi pequeña vara apenas toqué la miel del romance, ¿y debo yo perder la herencia de un alma?

 

      Phedre

A Sarah Bernhardt

Qué vano y qué tedioso nuestro mundo ordinario parecerá a alguien Como tú, que en Florencia habrías conversado con Mirandola, o caminado entre los frescos olivares de Academos: habrías recogido cañas de la verde corriente para la aguda flauta de Pan, pies de cabrito, y tocado con las blancas niñas en el valle Feacio donde el grave Odiseo de su profundo sueño despertara.

¡Ah!, en verdad, una urna de ática arcilla guardó tu polvo pálido, y has venido otra vez a este mundo ordinario, tedioso y vano, fatigada de los días sin sol, de campos rebosantes de asfódelos insípidos, de labios sin amor, con que besan los hombres en el Infierno.

 

     La tumba de Keats

Libre de la injusticia del mundo y su dolor, descansa al fin bajo el velo azul de Dios: arrebatado a la vida cuando vida y amor

eran nuevos, el mártir más joven yace aquí, justo cual Sebastián y tan temprano muerto.

Ningún ciprés ensombrece su tumba, ni tejo funeral, sino amables violetas con el rocío llorando

sobre sus huesos tejen cadena de perenne floración. ¡Oh, altivo corazón que destruyó el dolor!

¡Oh, los labios más dulces desde los de Mitilene! ¡Oh, pintor-poeta de nuestra tierra inglesa! Tu nombre inscribióse en el agua; y habrá de perdurar: lágrimas como las mías conservarán tu memoria verde, como el pote de albahaca Isabella.

 

     Mi voz

En este mundo inquieto, moderno, apresurado, tomamos todo aquello que nuestro corazón deseaba —tú y yo, y ahora las velas blancas de nuestro barco están arriadas

y agotada la carga del navío. Por ello, prematuras, empalidecen mis mejillas, pues el llorar es mi contento huido y el dolor ha apagado el rosa de mi boca y la ruina corre las cortinas de mi lecho. Pero toda esta vida atiborrada ha sido para ti solamente una lira, un laúd, el encanto sutil del violoncello, la música del mar que duerme, mímico eco, en su concha marina.

 

     Nueva contrición

El pecado fue mío; yo no había comprendido. Así de nuevo la música aprisionada está en su cueva, excepto ese lugar donde ola irregular y moribunda impacienta con sus inquietos remolinos esta magra ribera. Y en el pozo marchito de esta tierra el verano ha cavado una tumba tan honda que apenas puede el plomizo sauce ansiar una plateada flor de la afilada mano del invierno. Pero, ¿quién es aquel que por la ribera viene? Amor, mira y pregúntate. ¿Quién es ése que viene con vestidos teñidos desde el Sur? Es tu nuevo Señor, que besará las no violadas rosas de tu boca, y yo he de llorar, he de adorar, como antes.

 

     Soneto al acercarme a Italia

Llegué a los Alpes: mi alma ardía al oír tu nombre: Italia, Italia mía. Y al salir del corazón de la montaña la tierra avizoré por la que mi alma tanto suspirara, y reí, como quien gran premio conquistara, y meditando en lo maravilloso de tu fama el día contemplé hasta que lo marcaran heridas de llama y el cielo turquesa fuera oro bruñido. Los pinos ondeaban como cabellos de mujer y en los huertos cada rama sarmentosa se abría en copos de floreciente espuma. Pero al saber que allá lejos en Roma en cadenas injustas otro Pedro yacía lloré de ver tierra tan bella.

 

     Taedium Vitae

Matar mi juventud con dagas impacientes; ostentar la librea extravagante de esta edad mezquina; dejar que cada mano vil se hunda en mi tesoro; trenzar mi alma al cabello de una mujer y ser sólo lacayo de Fortuna. Lo juro, ¡no me agrada! Todo eso es menos para mí que la delgada espuma que se inquieta en el mar, menos que el vilano sin semilla en el aire estival. Mejor permanecer alejado de esos necios que con calumnias se mofan de mi vida, aunque no me conocen. Mejor el más humilde techo para abrigar al peón más abatido que volver a esa cueva oscura de riñas, donde mi alma blanca besó por vez primera la boca del pecado.

      La Casa del Juicio

Y el silencio reinaba en la Casa del Juicio, y el Hombre compareció desnudo ante Dios.

Y Dios abrió el Libro de la Vida del Hombre.

Y Dios dijo al Hombre:

-Tu vida ha sido mala y te has mostrado cruel con los que necesitaban socorro, y con los que carecían de apoyo has sido cruel y duro de corazón. El pobre te llamó y tú no lo oíste y cerraste tus oídos al grito del hombre afligido. Te apoderaste, para tu beneficio personal, de la herencia del huérfano y lanzaste las zorras a la viña del campo de tu vecino. Cogiste el pan de los niños y se lo diste a comer a los perros, y a mis leprosos, que vivían en los pantanos y que me alababan, los perseguiste por los caminos; y sobre mi tierra, esta tierra con la que te formé, vertiste sangre inocente.

Y el Hombre respondió y dijo:

-Si, eso hice.

Y Dios abrió de nuevo el Libro de la Vida del Hombre.

Y Dios dijo al Hombre:

-Tu vida ha sido mala y has ocultado la belleza que mostré, y el bien que yo he escondido lo olvidaste. Las paredes de tus habitaciones estaban pintadas con imágenes, y te levantabas de tu lecho de abominación al son de las flautas. Erigiste siete altares a los pecados que yo padecí, y comiste lo que no se debe comer, y la púrpura de tus vestidos estaba bordada con los tres signos infamantes. Tus ídolos no eran de oro ni de plata perdurables, sino de carne perecedera. Bañaban sus cabelleras en perfumes y ponías granadas en sus manos. Ungías sus pies con azafrán y desplegabas tapices ante ellos. Pintabas con antimonio sus párpados y untabas con mirra sus cuerpos. Te prosternaste hasta la tierra ante ellos, y los tronos de tus ídolos se han elevado hasta el sol. Has mostrado al sol tu vergüenza, y a la luna tu demencia.

Y el Hombre contestó, y dijo:

-Sí, eso hice también.

Y por tercera vez abrió Dios el Libro de la Vida de Hombre.

Y Dios dijo al Hombre:

-Tu vida ha sido mala y has pagado el bien con el mal, y con la impostura la bondad. Has herido las manos que te alimentaron y has despreciado los senos que te amamantaron. El que vino a ti con agua se marchó sediento, y a los hombres fuera de la ley que te escondieron de noche en sus tiendas los traicionaste antes del alba. Tendiste una emboscada a tu enemigo que te había perdonado, y al amigo que caminaba en tu compañía lo vendiste por dinero, y a los que te trajeron amor les diste en pago lujuria.

Y el Hombre respondió:

-Si, eso hice también.

Y Dios cerró el Libro de la Vida del Hombre y dijo:

-En verdad, debía enviarte al infierno. Sí, al infierno debo enviarte.

Y elHombre gritó:

-No puedes.

Y Dios dijo al Hombre:

-¿Por qué no puedo enviarte al infierno? ¿Por qué razón?

-Porque he vivido siempre en el infierno -respondió el Hombre.

Y el silencio reinó en la Casa del Juicio.

Y al cabo de un momento. Dios habló y dijo al Hombre.

-Ya que no puedo enviarte al infierno, te enviaré al Cielo. Sí, al cielo te enviaré.

Y el Hombre clamó:

-No puedes.

Y Dios dijo al Hombre:

-¿Por qué no puedo enviarte al Cielo? ¿Por qué razón?

-Porque jamás y en parte alguna he podido imaginarme el Cielo -replicó el Hombre.

Y el silencio reinó en la Casa del Juicio.

 

      El gigante egoísta

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.

Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.

Los niños escaparon corriendo en desbandada.

-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.

Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta…

Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.

Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.

Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

-La Primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.

Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.

Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.

-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.

De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.

¿Y qué es lo que vio?

Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.

El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.

Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.

Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.

-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.

Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.

-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?

El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.

-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.

-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.

-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.

Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.

Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…

Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.

Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:

-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?

Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.

-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.

-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.

-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.

Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:

-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.

Y cuando los niños llegaron  esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

 

     Soneto a la Libertad

No es que a tus hijos, de pupilas lacias

que apenas su congoja admiten ver

y mentes que prefieren no saber,

yo ame -es que el rugir de tus Democracias,

tus reinos del Terror, tus Anarquías

cual mar reflejan mi animosidad

y a mi ira un hermano dan- ¡Libertad!

sólo así tus dísonas melodías

llorando alegran mi alma, ya los jueces

todos, a mal de látigo y andanadas

robasen a los pueblos sus derechos

que no me inmute -y a pesar de los hechos,

los Cristos muriendo en las barricadas

sabe Dios que estoy con ellos, a veces.

      El imán

Había una vez un imán y en el vecindario vivían unas limaduras de acero. Un día, a dos limaduras se les ocurrió bruscamente visitar al imán y empezaron a hablar de lo agradable que sería esta visita. Otras limaduras cercanas sorprendieron la conversación y las embargó el mismo deseo. Se agregaron otras y al fin todas las limaduras empezaron a discutir el asunto y gradualmente el vago deseo se transformó en impulso. ¿Por qué no ir hoy?, dijeron algunas, pero otras opinaron que sería mejor esperar hasta el día siguiente. Mientras tanto, sin advertirlo, habían ido acercándose al imán, que estaba muy tranquilo, como si no se diera cuenta de nada. Así prosiguieron discutiendo, siempre acercándose al imán, y cuanto más hablaban, más fuerte era el impulso, hasta que las más impacientes declararon que irían ese mismo día, hicieran lo que hicieran las otras. Se oyó decir a algunas que su deber era visitar al imán y que hacía ya tiempo que le debían esa visita. Mientras hablaban, seguían inconscientemente acercándose.

Al fin prevalecieron las impacientes, y en un impulso irresistible la comunidad entera gritó:

-Inútil esperar. Iremos hoy. Iremos ahora. Iremos en el acto.

La masa unánime se precipitó y quedó pegada al imán por todos lados. El imán sonrió, porque las limaduras de acero estaban convencidas de que su visita era voluntaria.

 

Fuente: Museo Virtual de Historia de la Masonería

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Masonería y Literatura: “Los Misterios” de Goethe http://www.logiahermes.org/literatura-y-masoneria-los-misterios-de-goethe/ http://www.logiahermes.org/literatura-y-masoneria-los-misterios-de-goethe/#comments Mon, 15 Apr 2013 08:00:41 +0000 http://www.logiahermes.org/?p=53 Masonería: Los Misterios de GoetheGoethe escribió “Los Misterios” a los largo de 1784 y 1785. Luego la obra quedó estancada la obra hasta que fue publicada en 1815. Una Asociación estudiantil reunida en Koenigsberg le rogó una aclaración sobre ese “enigmático fruto de su ingenio”. En abril de 1816 publicó Goethe una prolija respuesta a ese comunicado en la Hoja de la Mañana:

“Debo dar por supuesto que el lector conoce esa poesía; pero he de mencionar, no obstante, de ella lo siguiente: recordaréis que en cierta ocasión un joven religioso, habiéndose perdido en una región montañosa, acabó por salir a un ameno valle, donde halló un edificio magnífico, cuya traza indicaba servir de mansión a una comunidad de hombres piadosos, misteriosos. Encontró allí el peregrino doce caballeros, que, después de una vida borrascosa, en la que hubo hartos trabajos, dolores y peligros, tomaron la resolución, que se comprometieron a cumplir fielmente, de retirarse a aquellas soledades para servir a Dios en secreto. Un decimotercer caballero, al que los demás acataban como a su superior, estaba a la sazón a apunto e despedirse de ellos y de la vida; no sabemos cómo, es lo cierto que en los últimos días de su vida había empezado a referir cómo fuera aquella, y de esa relación diéronle al recién llegado hermano en Cristo un breve compendio, muy bien recibido. Terminaba el cuento con la aparición en medio de la noche de unos alegres jóvenes que, corriendo ligeros por los jardines, antorcha en mano, festivamente los iluminaban.

“Ahora bien: para exponer aquí el ulterior designio -mejor dicho, el plan general- y también el objeto del poema, empiezo por conducir al lector a través de una suerte de Montserrat ideal, y luego que ya recorrió las distintas regiones de montañas, rocas y alfoces, le hago que salga de nuevo a dilatadas y felices llanuras. Luego visitaría en su celda a cada uno de aquellos monjes soldados, y mediante la observación de las diferencias climáticas y nacionales, vendría en conocimiento de que aquellos excelentes varones habían ido a reunirse allí desde todos los cabos del mundo, y allí adoraba cada cual en secreto, y según el propio rito a su respectivo dios.

“El lector u oyente que hiciera esas jornadas en compañía del hermano Marcos habría de darse cuenta de que las diversas maneras de pensar y sentir que, debido al ambiente, el paisaje, raza, necesidades y costumbres, se desarrollan en el hombre o le son inculcadas, habían de aparecer aquí representadas en las personas de individualidades selectas, así como también el ansia de una cultura superior, que aisladamente incompleta, podría alcanzar dignamente gracias a la vida en comunidad.

“Pero para que eso sea posible hanse reunido en torno a un hombre que se llama Humano; a lo que ciertamente no se habrían avenido, de no sentirse todos ellos algo semejantes y allegados a él. Ahora bien; éste medianero está a punto de dejar inopinadamente este mundo, y ellos escuchan ahora, tan afligidos como edificados, la historia de las peripecias de su vida. Aunque no es él solo quien cuenta su vida, sino que cada uno de aquellos doce individuos, con los que en el transcurso del tiempo mantuviera contacto, puede dar también  noticia e información de una parte de aquella existencia azarosa.

“Aquí debía suponerse luego que aquella religión especial había alcanzado un apogeo de florecimiento y fruto, en el que llegara a acercarse, mejor dicho, a compenetrarse totalmente con aquel caudillo y medianero. Estas épocas debían encarnarse y mostrarse determinadas en aquellos doce representantes, de suerte que apareciesen allí el reconocimiento de Dios y la virtud en su más diversas formas, pero siempre dignas de todo respeto y todo amor. Y ahora ya podía, pues Humano despedirse de ellos, tras larga convivencia, por haber tomado cuerpo su espíritu en cada uno de sus compañeros; y habiendo pasado a ser patrimonio común de todos ellos, no había ya menester de ninguna envoltura corporal propia.

“Luego de haber llevado así, tras este boceto, al oyente, al interesado por toda suerte de lugares y tiempos y mostrádole lo más deleitable que doquiera y en diversidad de formas haya producido el amor de Dios y de los hombres, debía brotar la más grata de las sensaciones, ya que no debían hacer acto de presencia por parte alguna el desvío, el abuso y la hipocresía, que en épocas determinadas hicieron odiosas todas las religiones.

“Ahora bien: como toda esta acción se desarrolla en la época de Cuaresma, es el emblema principal de esta comunidad una cruz entrelazada de rosas, lo que, desde luego, hace ya suponer fácilmente que la eterna duración de la realzada condición humana, que el día de la Pascua confirma y sella, estaba llamada aquí también a hacerse patente, en su consolador efecto, con motivo del óbito del Humano.

“Pero para que tan bello haz de criatura, no careciera de una cabeza y un personaje central, viene una extraña disposición y revelación del hado a colocar al hermano Marcos en el eminente lugar que, bien ganado, sin vastedad de miras ni esfuerzos por lograr lo inlograble, pero sí por la humildad, abnegación y leal desvelo en el piadoso circulo, lo erige en jefe de una bienintencionada comunidad, en tanto subsistiere sobre la tierra.

“Si se hubiese publicado completo este poema hace treinta años, en la época en que se concibió y empezó a conocer, habríase anticipado en cierto modo a su tiempo. Hoy día también, aunque de aquella fecha acá se hayan vuelto más amplios, más puros los sentimientos y más ilustradas las miras, quizá se viera con gusto, vestido con poéticos arreos, aquello que todo el mundo acata, y se confirmar por su medio el lector en esas ideas en que el hombre completamente solo, en su propio Montserrat, puede encontrar dicha y sosiego”.

Son los Misterios la expresión consumada del espiritual desapego de Goethe. Aun habiendo roto con el cristianismo positivo y las instituciones eclesiásticas, aún conservaba la necesidad de creer y andaba a la busca de un símbolo adecuado para cifrar en él, sin ningún atadero confesional, la base de sus anhelos. La tendencia deísta no podía brindarle ningún consuelo, ya que para Goethe el primer artículo de la fe era la difusión y revelación de lo divino en el reino de la creación. Pero ¿cómo llegarnos a lo divino como a un principio moral, y cómo rellenar la inmensa brecha entre el dechado perfecto y el hombre que yerra? Este misterio había de presentarse en forma plástica mediante una intuición que el autor tomará de los mitos dándole luego un desarrollo ulterior independiente. En una conversación con Eckermann (1 de baril de 1827): “Derivó finalmente la conversación hacia el problema de cómo se implantó la moral en el mundo. Por obra de Dios mismo-respondió Goethe-, como todo lo bueno que en El hay. No es, en modo alguno, fruto de la reflexión del hombre, sino una índole hermosa, ingénita e innata. Es congénita en mayor o menor grado al hombre en general, aunque en grado superior solo es patrimonio individual de algunos seres preferentemente dotados. Estos seres han revelado, mediante sus hazañas o enseñanzas, su divina intimidad, que también en el acto, por la belleza de su aspecto, inspira a los demás hombres amor, moviéndolos poderosamente a respeto y emulación”.

Esta idea del hacerse visibles las cualidades divinas en algunos hombres especialmente favorecidos late ya en el fondo del poema Lo divino, repitiéndose luego hartas veces en la lírica goethiana. En este ciclo de ideas encaja también el plan a que habían de ajustarse los Misterios; según las propias declaraciones de Goethe, no cabe dudar de que el llamo Humano, el caudillo de aquella comunidad de monjes soldados, hace el papel de un intermediario entre la Humanidad y la divinidad, por haber salido airoso de la prueba más ardua de la vida, venciéndose a sí mismo. Los doce caballeros monjes son hombres morales, nobles (en el sentido del himno “La divina”), y también como dignos representantes de la idea de Dios. El recién llegado, el hermano Marcos, sin comprender el sentido profundo y el simbolismo de los misterios que le rodean; es recibido por los otros como digno sucesor del moribundo Humano. También en el fondo de esto radica una idea típicamente goethiana, que ya asoma sobre todo en las baladas indias (El dios y la bayadera y El paria) la de que también aun al ser más ruin le es dado el poderse elevar por su propio valer, y especialmente por sus cualidades morales, por sobre su condición social y encumbrarse incluso a las supremas jerarquías. Esa figura de su hermano Marcos, puede haber sido inspirada en el otro hermano descrito por el masón Lessing.

La idea masónica de la “religión de la Humanidad”, que se remonta a los estoicos, a partir del Renacimiento y juntamente con un incremento del ansia de libertad política y religiosa, había prendido raíces cada vez más profundas en el terreno cultural de Europa, y pudo alcanzar su floración en la poesía germánica. Merced al masón Herder, se había fortalecido Goethe en su necesidad de un culto de lo divino, independiente de todo dogma y confesión, y también Lessing, al encarnar su idea de la Humanidad en Natán el Sabio. No es, por otra parte, mera casualidad tampoco el que la idea de los Misterios se le ocurriera a Goethe en la época en que más empeñado estaba en sus estudios sobre Spinoza, y su Etica.

Finalmente, Goethe se basa en la idea de una unidad morfológica de todos los seres vivos que ya había desarrollado en 1784. Sin duda alguna, al componer sus Misterios expone la cuestión de hasta qué punto las revelaciones de lo divino en la historia de la Humanidad ha de concebirse tan solo como formas aparenciales de un mismo idéntico instinto básico y de referirse a un credo común. Es esta la voz de la verdad y del Humanidad, de la que Ifigenia dice:

“Oyendola todos

los nacidos bajo cualquier cielo

por cuyos pechos corre la fuente de la vida pura

y sin trabas.”

         Aquí intervienen más bien conceptos platónicos, que son ya inseparables de una filosofía idealística.

Los masones, rosacruces e iluminados han dejado huellas sobre todo en novelas y libros de filosofía popular, que operaban como una suerte de corriente romántica subterránea, en oposición a la insulsa literatura de la ilustración (Aufklärung). Goethe tomó personalmente parte vivísima en todos esos esfuerzos e hizo uso de ello. Por ejemplo, la descripción del salón en los Misterios recuerda vivamente aquel capítulo de los Años de aprendizaje, en que Jarno conduce a Guillermo a aquel misterioso salón, colgado de tapices, donde a vueltas de ceremonias muy impresionantes, le es entregado al joven el diploma de reválida de su aprendizaje. En forma enteramente análoga recibe el hermano Marcos, al quedarse parado y suspenso de asombro ante el tapiz, la seguridad de que habrán de introducirlo en lo más interior. Los rosacruces del siglo XVIII teníanse por los sucesores de una orden más antigua, la Fraternitas roseae crucis (1614 y 1615). Andreä, cuyos trabajos fuéronle conocidos a Goethe por conducto de Herder, ocupóse muchísimo en la idea de una comunidad de hombres morales descollantes.

El paragón que hace el poeta de aquellas rocosas alturas por donde camina el hermano Marcos con el “ideal Montserrat” debe atribuirse a una descripción que A. von Humbolt hiciera de esa montaña (en las inmediaciones de Barcelona), y que en 1800 enviará a su amigo. Pero también ya en los primeros tiempos de Weimar se encuentran en los escritos de Goethe ideas análogas de un lugar de retiro en relación con su tendencia a retraerse temporalmente del mundo:

 

“Goethe en la campiña romana”, cuadro pintado en 1787 por Johann Heinrich Wilhelm Tischbein (1751-1829)  pintor ygrabador alemán

 

 

 

FRAGMENTO DE LOS MISTERIOS

          ¡Extraño canto el que aquí se os depara; oídlo con gusto y llamad a todos para que acudan! Por montes y valles cruza el camino; aquí encuéntrase cohibida la mirada, allí vuelve a explayarse libremente, y si poquito a poco va el sendero escurriéndose hacia los breñales, no penséis que se trate de ningún error; que a vuelta de muchos rodeos llegaremos más fácilmente a la meta a la hora justa.

Mas que ninguno piense que, por más que se devane los sesos, logrará descifrar el canto íntegro; cierto que muchos serán los que de aquí saquen gran provecho, que muchas flores nos brinda la madre Tierra; de ellas hay quien se aparta con ceño adusto y también quien se recrea mirándolas con jovial semblante; allá cada cual que goce a su modo; que para diversidad de caminantes mana la fuente.

Rendido de larga jornada que, acuciado de noble impulso, emprendiera, apoyado en su báculo, según piadosa usanza de romeros, llegó el hermano Marcos en busca de algún yantar y refrigerio, a la caída de la tarde, a un ameno valle, muy ilusionado con la idea de que en aquellos boscosos terrenos podría encontrar hospitalario techo bajo el cual pasar la noche.

Al pie de la abrupta montaña, que ahora se erguía ante él, creyó distinguir vestigios de un camino que serpenteando se extendía; siguiólo y tuvo que encaramarse a las rocas y darles la vuelta; no tardó en verse levantado muy por encima del valle, volvió a brillar para él amigablemente el bello sol, y a poco, con íntima fruición, divisó, dos pasos más arriba, la cumbre del monte.

Y allá también el sol, que, ponentino ya, fulgente brilla aún, por entre opacas nubes; hace acopio de fuerza al viandante par remontar las alturas, donde espera hallar pronto el galardón a sus desvelos. “Ahora –dícese a sí mismo- veré si vive por estos contornos algún ser humano”. Remonta la cuesta, aguza el oído y siéntese como nuevo; un vibrar de campanas en los aires resuena.

Y luego que del todo remontó la cumbre, mira y divisa una hondonada, levemente abrupta, allí mismo, a su pies. Brillan de júbilo sus plácidos ojos, pues en la linde del bosque, en medio de verde prado, descubre de pronto un hermoso edificio, en el que precisamente va a posarse ahora el postrer reflejo del sol; corre ligero allá, cruzando aquellos campos, húmedos de rocío, rumbo al monasterio que ante sus ojos brilla.

Ya casi llega al plácido lugar, que le hinche el alma de paz y de esperanza, y sobre el dintel en arco de la cerrada puerta divisa una misteriosa imagen. Quédase parado, recapacita, murmura quedas palabras de devoción, que del fondo del corazón le brotan, y permanece extático, pensativo, tratando de adivinar el sentido de aquel símbolo. ¡Pónese el sol del todo y enmudecen los bronces!

Contempla el religioso aquel emblema, de fastuosa traza, que al mundo todo brinda esperanza y consuelo, al que miles de almas están agradecidas, y miles de corazones fervorosamente imploran, que la amarga muerte el poder aniquila y en tantos triunfales estandartes flamea; refrigerante bálsamo viértesele por los cansados miembros, mira a la cruz y baja los ojos.

Siente de nuevo la salvación que de aquel signo emana, siente la fe de medio mundo; mas un sentimiento enteramente nuevo impregna su alma, al ver ahora aquel sagrado emblema ante sus ojos, pues he aquí que la cruz muéstrase entretejida densamente con rosas. ¿Quién habrá maridado la cruz con esas rosas? Y diz que aquella florida guirnalda plégase para ceñir bien por todos lados y envolver en blandura el escueto leño.

Y leves nubecillas argénteas, celestiales, ciérnense, pugnando  por elevarse con cruz y rosas a lo alto, y de su centro mana una sagrada vida de tres rayos de luz que de un solo punto arrancan; leyenda alguna orla aquel signo, que prestar pudiera sentido y claridad a tal arcano. En la penumbra vespertina, que cunde más y más, sigue parao el religioso, y medita y se siente edificada el alma.

Llama, finalmente, a la puerta cuando ya las altas estrellas dejan caer sobre él sus fulgentes miradas. Abrese la puerta y acógenlo de buen grado, con los brazos abiertos, con las manos apercibidas. Dice el hermano Marcos quién es, de dónde viene, desde qué lejanía envíanle los mandatos de sus superiores. Escúchanle y se asombran. Igual que honraron primero al desconocido como a huésped, honran ahora al emisario.

Apíñanse todos en su derredor, ávidos de escuchar y poseídos de secreto poder; nadie se atreve a distraer ni con el aliento al raro peregrino, pues cada una de sus palabras halla eco en sus corazones. Lo que aquel huésped narra hace el efecto de esa honda lección de sabiduría que mana de los labios de un niño; por su franqueza, por la inocencia de sus gestos, dijérase que es un hombre de otro mundo.

“Bien venido-exclama al fin un anciano-, bien venido seas, ya que nos traes un mensaje de consuelo y esperanza. Ya nos puedes ver; agobiados estamos todos, por más que tu presencia conmueva nuestras almas; que la más galana dicha está, ¡ay!, a punto de dejarnos, y temor e inquietud nos encogen los pechos. En hora crítica, ¡oh forastero!, ábrense para ti nuestros muros, para que también con nosotros endeches…

…Porque, ¡ay!, el hombre que aquí todo lo mantenía unido, que para nosotros era padre, amigo y guía, todo en una pieza; el que prendía luz y ánimo en la vida, de aquí a poco habrá de abandonarnos, según él mismo nos anunció no ha mucho, aunque no quiso revelarnos ni en qué modo ni en qué hora; de suerte que su indudable partida se nos aparece misteriosa y henchida de dolor amargo…

…Aquí nos ves a todos ya con el pelo cano, según la Naturaleza nos invita al reposo; no admitimos entre nosotros a quien, joven de años, pretende sustraer su corazón harto pronto al mundo. Solo después que hubimos adquirido experiencia de los placeres y sinsabores del siglo, cuando ya el viento dejó de henchir nuestro velamen, fuenos permitido fondear honrosamente en este puerto, seguros de haber arribado al de nuestra salvación…

… La vida de Dios anida en el pecho del hombre noble que hasta aquí nos guiara; su compañero fui a lo largo del sendero de la vida y a fondo conozco los antiguos tiempos; las horas de soledad, que estos días se aperciben, nos están indicando su inminente pérdida. ¿Qué es el hombre ni por qué ha de dar su vida en balde y no por otra mejor?

… Este sería ahora mi único anhelo: ¿Por qué he de aliviarme de deseos? ¡Cuántos no me precedieron ya en ese viaje último! Y, sin embargo, a él es al único que amargamente lloro. ¡Con qué afectuosidad no habría salido a recibirte en otro tiempo! Ahora he echado sobre nosotros el peso de la cas; cierto que aún no designara sucesor, pero en espíritu vive ya separado de nosotros…

… Solo un breve rato viene cada día a vernos, cuenta y muéstrase más conmovido que nunca; oímos en tales momentos de sus propios labios qué singularmente fuelo conduciendo siempre la Providencia; y retenemos cuidadosamente en la memoria sus palabras para que sus fehacientes testimonios no se pierdan y lleguen hasta con sus más nimios pormenores a noticia de la posteridad; y hasta hacemos que uno de nosotros lo ponga todo por escrito con el mayor esmero, para que su recuerdo se conserve puro y veraz…

… Cierto que preferiría contar yo mismo muchas cosas, en vez de estarme calladito escuchando; y no olvidara a bien seguro el más nimio detalle, que aún lo conservo todo vivamente grabado en mi memoria; escucho y a duras penas puedo contenerme para no dejar traslucir que no siempre quedo satisfecho con aquello que oigo; y si algún día llego a hablar de esas cosas, seguro que en mis labios sonarán con más bella música…

… A fuer de tercero contaría, más amplia y libremente, cómo un genio hubo de arrebatárselo tempranamente a su madre y cómo un lucero brillara espléndido en el cielo la tarde el día de su bautizo en solemne festivo augurio, en tanto un halcón, abatiendo sus anchas alas, vino a posarse en el corral en medio de las palomas; no en son de guerra ni para hacer daño, como otras veces, sino como invitándolas, mansamente, a hacer las paces…

… Hanos callado además, por modestia, cómo una vez matara a una serpiente que habíasele enroscado al brazo a su dormida hermana, teniéndola ya fuertemente sujeta. Salió huyendo la nodriza y soltó a la nena, y el hermanito, en cambio, sofocó el áspid con mano segura; cuál no sería la alegría de la madre al llegar y encontrarse con aquella proeza del hijo y con la hija ilesa…

… Así mismo ha pasado por alto cómo al contacto de su espada hizo una vez brotar agua de una peña, agua que corrió copiosa cual un río a despeñarse con crespas ondas montaña abajo hasta la hondura, y que aún sigue manando tan rauda y argentina como cuando surtió por ver primera, a su conjunto, de suerte que sus compañeros, testigos del prodigio, apenas si osaban calmar su ardiente sed en ella. Cuando a Natura place sublimar a un mortal, no es maravilla que muchas cosas logre; debemos alabar en él el poder del Creador, que a tales hombres levanta al frágil barro; mas cuando un hombre resiste a la más dura de todas las pruebas de esta vida, y a sí mismo se vence, entonces bien podemos mostrárselo con alboroto a los demás y decirles: “Ahí lo tenéis; es él, es él de veras”…

… Pues toda fuerza tiende hacia delante, hacia los amplios espacios, ganosa de vivir y actuar acá y allá, en tanto la corriente de la vida nos encoge y cohibe por doquiera, llevándonos consigo; y en esta íntima pugna y este exterior conflicto, percibe el espíritu una voz difícil de entender. De ese poder que a todos los seres avasalla, emancípase el hombre que a sí mismo se vence…

… Cuán temprano hubo de enseñarle su corazón lo que yo en él apenas si me atrevo a llamar virtud. Aquello de acatar respetuosamente la severa palabra del padre y estar siempre pronto y dispuesto, cuando aquel áspero y rudo grababa con servidumbre el tiempo libre de su mocedad, a someterse a ella de chico huérfano y extraviado lo habría hecho por pura necesidad a cambio de un pequeño obsequio…

… Debía acompañar a los luchadores a la liza, primero a pie en medio del temporal o la calina; atender a los caballos y preparar la mesa y servir en ella uno por uno a aquellos veteranos. Solícito y diligente corría en todo tiempo, de día y de noche, portando mensajes a través de los setos; y de ese modo habituado a vivir únicamente para los demás, diríase que el trabajo servíale tan solo de placer…

… Cómo en medio de la lucha bajábase a coger del suelo con alegre osadía las flechas que allí caían desperdigadas, así como también con no menor premura espigaba él mismo las hierbas con que curaba luego a los heridos: herida que él tocaba, sanaba muy presto, y el llagado gozábase en el contacto de sus manos; ¡a quién no le habría alegrado su sola presencia! Solo su padre parecía no reparar en él gran cosa…

… Ligero cual barca velera que no siente el peso de su carga, y rauda va de puerto en puerto, llevaba él la carga de las paternales lecciones; alfa y omega de sus actos era la obediencia; y así como el chico guíale el gusto y al adolescente el honor, a él solo le guiaba la voluntad ajena. En vano se devanaba los sesos su padre inventando nuevas pruebas a que someterlo, que cuando quería regañar, veíase obligado a aplaudir…

… Hasta que al fin también él hubo de darse por vencido y tuvo que reconocer el valor de su hijo; borróse aquella espereza del anciano, y de pronto, una vez hízole presente de un bridón magnífico; quedó exento el muchacho de servicios menudos, y en vez de corto puñal, ciñóse al costado una espada; y así, después de bien probado, ingresó en una orden en la que por fuero de nacimiento tenía derecho a ser admitido desde el primer instante…

A este tenor podría estarme contándote días y días cosas que asombran a todo el que las oye; que de fijo nuestros nietos han de poner su vida en lo futuro al lado de las más preciadas historias; aquello que en fábulas y poemas se nos antoja inverosímil, y, sin embargo, nos deleita, campea en la historia de su vida, y quien lo oye, gustoso aviénese en buen hora a aceptarlo por verídico…

… ¿Quieres saber ahora cómo se llama el elegido predestinado por la mirada de la Providencia, aquel a quien yo, con tener siempre su elogio en los labios, nunca acabo de encarecer bastante? Pues Humano se llama ese santo, ese sabio, el mejor de cuantos mortales haya yo conocido. Y su linaje principesco debes de conocerlo por sus antepasados”.

Así habló el anciano, y aún habría dicho más, que tenía henchido el ánimo de cosas de prodigio, y todavía tendremos motivo de deleite para muchas semanas escuchando todo lo que aún le queda por contarnos; pero precisamente hubo de cortar su plática cuando más copioso fluía de su corazón el raudal de las palabras en dirección al huésped. Que no tardaron en llegar los demás hermanos, hasta que al fin, con su ir y venir, acabaron por cerrarle la boca.

Luego de hecha colación inclinóse el hermano Marcos hacia el anfitrión y sus compañeros de mesa y pidioles una copa de agua clara, que en el acto le fue servida. Condujéronle luego al gran salón, en el que se le ofreció a la vista algo singular. No debe quedar oculto lo que viera allí, y os lo voy a describir sin omitir detalle.

No había allí adorno alguno que deslumbrara los ojos; subía hacia el cielo un osado crucero, y arrimados a las paredes veíanse trece sitiales, dispuestos en círculo como en el piadoso coro, tallados todos ellos con gran primor por manos hábiles; delante de cada uno de ellos alzábase un pupitre. Sentíanse allí brotar la devoción y la paz del vivir y el vivir sodalicio.

Sobre los respaldos de los trece asientos colgaban sendos escudos, uno para cada sitial. No parecían allí tales blasones campear con orgulloso abolengo, sino que todos ellos parecían significativos y deliberadamente compuestos, y el hermano Marcos ardía en deseos de saber lo que tantos emblemas celasen; en medio de todos ellos mostrósele por segunda vez aquel signo de marras, una cruz con ramo de rosas.

Podría imaginar allí el alma diversidad de cosas, que un objeto tiraba del otro; y por encima de más de un blasón colgaban yelmos y también acá y acullá veíanse espadas y picas; armas cual las que pudieran recogerse en un campo de batalla servían de ornato a aquel lugar, en donde había también banderas y armas de países exóticos, y si la vista no me engaña, también cadenas y dogales.

Postráronse todos los hinojos ante sus sendos sitiales, y aporreáronse los pechos sumidos en quedas plegarias; brotaban de sus labios breves jaculatorias, de esas que respiran una piadosa alegría; bendijéronse luego unos a otros aquellos hermanos, fielmente unidos, despidiéndose para ir a entregarse a un breve sueño, no turbado por la fantasía. Solo Marcos, con algunos de ellos, quedóse allí en el salón, mirando.

Por más que esté cansado, quiere seguir aún en vela, que algunos de aquellos símbolos atráenlo con fuerza soberana; muéstrasele aquí un dragón llameante que apacigua su sed en bárbara hoguera; más allá, un brazo metido en las fauces de un osos, y del que en caliente chorro brota la sangre; cuelgan del muro ambos emblemas, a igual distancia de la cruz florida, su diestra el uno, el otro a su siniestra.

“Por raros senderos viniste a este lugar –dícele el anciano afectuosamente-. Deja que esos blasones te inviten a quedarte hasta que llegues a saber las gestas de múltiples héroes; no es posible adivinar lo que en ellos e cela, así que se te explicará confidencialmente; aunque ya barruntas, es claro, cuánto padeció aquí más de uno, cuánto perdió y qué luchas sostuvo…

… Pero no creas que solo de pretéritas épocas hablará aquel anciano, que aquí también pasaron muchas cosas; lo que estás viendo significará más aún, ya lo oculte un tapiz, ya una campiña. Si tal te place, puedes apercibirte; pero has entrado, ¡oh, amigo!, por la primera puerta; en el zaguán fuiste afablemente acogido; ahora ya me pareces digno de pasar dentro”.

Tras breve sueño en apacible celda, despierta a nuestro amigo quedo tañido de campanas. Salta del lecho con alegra premura, y el hijo del cielo obedece a la llamada de la devoción. Vístese a toda prisa y corre a los umbrales, y aún más aprisa que sus pies corre su corazón hacia el templo, dócil, tranquilo, que la oración le presta alas; empuja la puerta y hállala cerrada con cerrojo.

Y en tanto escucha, suenan a tiempos iguales tres golpes en le hueco bronce; tres golpes, no de reloj ni de badajo, a los que de cuando en cuando mézclase un tañido de flauta; aquel son, raro y difícil de interpretar, vibra de un modo que alegra el corazón, gravemente invitatorio, cual es música que, acompañada de cánticos, llena las naves del templo cuando dos que se aman únense en desposorio.

Corre ligero a la ventana con la esperanza de descubrir acaso allí lo que lo inquieta y maravilla; ve clarear el día en el lejano Oriente, y el horizonte nublado por livianos vapores. Y…, pero ¿habrá de dar crédito a sus ojos? Una luz extraña que por el jardín se difunde; tres adolescentes con antorchas en las manos divisa, que presurosos corren por los senderuelos.

Ve con toda precisión sus blancas vestimentas, que airosas se les ciñen al cuerpo, y distingue también con toda claridad sus rizadas cabezas, coronadas de flores, así como sus cíngulos, florecidos de rosas; diríase que vuelven de nocturna zambra, frescos y descansados de festivos trajines. Corren allá, apagan sus antorchas como luceros y desvanécense en la lejanía…

 

Selección de: Museo Virtual de la Masonería (MVM).

Fuente: J. Pletsch: G. als Freimaurer, Leipzig, 1880; y R. Guy, Goethe franc-maçon, París, 1974. Se ha seguido la traducción castellana de Colección Grandes Clásicos, Johann W. J. W. Goethe, Obras Completas, tomo I, México, D.F., 1991, pp. 1149-1163.

 

 

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