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Masones, los constructores de catedrales

MasonesMaestros de obras y albañiles crearon las grandes catedrales góticas y sus ritos dieron origen a la moderna masonería.

Por José Luis Corral. Universidad de Zaragoza, Historia NG nº 102

Durante siglos, en la Edad Media cristiana, los edificios se erigieron con materiales bastos y efímeros, como el adobe o la madera. Eran construcciones por lo general de poca altura, de proporciones modestas, oscuras y poco resistentes. Quedaban muy lejos los tiempos del Imperio romano, con sus expertos ingenieros capaces de levantar espléndidos edificios en piedra: murallas, anfiteatros, templos, termas, acueductos, puentes… No fue hasta el siglo XI cuando la contemplación de esos modelos de la Antigüedad inspiró una arquitectura que volvía a basarse en la piedra y que imitaba las soluciones arquitectónicas del ilustre pasado romano como el arco de medio punto, la bóveda de cañón y la de aristas. Así pudieron construirse edificios «al estilo romano» –de ahí el término de arte románico– como no se habían vuelto a erigir desde hacía siglos: castillos, puentes y palacios, iglesias y ermitas, y, sobre todo, catedrales. Décadas más tarde, el gótico dio un nuevo impulso a la arquitectura en piedra. Un nuevo tipo de arco, el ojival, permitió cubrir de vidrieras casi por completo las paredes, que ahora ya no sostenían la cubierta, cuyo peso descansaba en pilares y gruesos contrafuertes. Se inauguró, así, la edad de oro de las catedrales, máxima expresión del esplendor de la cultura medieval, y también de aquellos que construyeron estos edificios a lo largo y ancho de toda la Cristiandad: los arquitectos y los canteros, llamados en francés maçons, masones.

La construcción de estos edificios de piedra suponía una empresa colectiva muy compleja y costosa, y un alto grado de especialización técnica y división del trabajo. Al frente se hallaba un personaje clave: el arquitecto, denominado por lo general «maestro de obras», aunque en alguna ocasión también es citado como arquitector. Era un oficio muy selecto, al que se llegaba al término de un ascenso en la jerarquía de los gremios, tras superar un duro examen en el que otros maestros juzgaban a los que pretendían alcanzar ese nivel.

El maestro, el artífice del templo

En la época del románico, los maestros de obras ya estaban muy bien considerados y gozaban de gran prestigio social, aunque san Benito, en el capítulo 57 de su regla monástica, había indicado que quienes trabajasen en las obras del monasterio deberían hacerlo con total humildad. Esa reputación se reforzó en la época del gótico, en la que los arquitectos aparecían como quienes podían construir en la tierra la verdadera obra de Dios: la catedral gótica.

Ser maestro de obras requería poseer amplios conocimientos técnicos. Por un lado, el arquitecto elaboraba el plan del edificio, que presentaba al promotor de la obra, fuera éste un noble, un rey o un eclesiástico. En este último caso, la financiación se obtenía por las rentas que recaudaba la llamada «fábrica», institución integrada por el obispo y el cabildo de canónigos de la catedral, encargada de aprobar los proyectos presentados por el maestro.

Pero la tarea del maestro de obras no se limitaba a hacer los planos. Como un auténtico empresario, contrataba a los operarios que intervendrían en los trabajos, con los que constituiría un taller que se mantendría mientras durase la obra. La contratación se hacía a menudo en función de la oferta y la demanda. Por ejemplo, en el siglo XIV un maestro de obras de París llamado Raymon asumió el encargo del obispo de Beauvais de construir un colegio para su diócesis en la capital. Raymon «redactó un informe sobre la forma, los materiales y la profundidad del edificio, y lo mandó copiar a su secretario y lo expuso en la plaza del Concejo para que la obra y el presupuesto fueran conocidos por todos los obreros solventes y competentes que quisieran participar en la obra y llevarla a buen término al precio más bajo». Así fueron seleccionados Jean le Soudoier y Michel Salmon, «maçons y talladores de piedra», por el plazo acordado, pero advirtiendo de que si pasado éste surgía una oferta más económica se cambiaría el equipo.

El maestro de obras debía ser experto en la organización del trabajo, pues a menudo tenía que dirigir equipos de trabajadores muy amplios. En la construcción de una catedral participaban unas trescientas personas de diversos oficios y se sabe de casos en que los obreros superaron el millar. El trabajo tenía que estar bien coordinado y dirigido para evitar que se retrasaran o interrumpieran las obras. Asimismo, el maestro de obras debía tener conocimientos muy variados para dirigir y, en su caso, corregir, a carpinteros, escultores, vidrieros, pintores, incluso herreros e ingenieros. Y también debía saber de economía para evitar el colapso de los trabajos por una mala planificación.

Los artistas de la piedra

Los obreros empleados en cada obra eran de diversos tipos y tenían diferentes niveles de cualificación. Los porteadores eran a menudo jornaleros o trabajaban a destajo, y se les contrataba en el lugar. Los amasadores de mortero, en cambio, recibían una paga más elevada. En lo más alto del escalafón estaban los maçons, maestros y albañiles, encargados de dar forma a la piedra, desbastarla y poner cada sillar en su sitio. Hay documentos que muestran las diferencias de salarios entre los trabajadores. A finales del siglo XIII, en Autun, los simples manobras cobraban siete dineros; los fabricantes de mortero, entre 10 y 11, y los maçons y talladores de piedra cobraban de 20 a 22 dineros.

Durante el románico los maçons estaban asociados con instrumentos de precisión, como escuadras, cartabones, cuerdas anudadas y plomadas, que sólo ellos sabían usar y con los que tallaban sillares bien escuadrados para muros y bóvedas. Además, los canteros podían ser auténticos escultores; tallaban figuras humanas y de animales, formas vegetales y geométricas para decorar portadas, ventanas, fachadas, capiteles y ménsulas. En la construcción de la catedral de Santiago de Compostela, a principios del siglo XII, trabajaban unos cincuenta canteros, bajo la dirección del maestro Bernardo el Viejo y de su ayudante Roberto; las obras fueron rematadas medio siglo más tarde, en 1183, por el maestro Mateo, autor del famoso pórtico de la Gloria.

El masón era un trabajador libre o franco: de ahí el término francés francmaçon o, en inglés, freemason. El oficio se acabó de perfilar coincidiendo con el apogeo de la arquitectura gótica, a lo largo de los siglos XII y sobre todo en el siglo XIII. Su carrera profesional comenzaba como aprendiz, a los 13 o 14 años. Se le encomendaban los trabajos más sencillos, bajo la supervisión de expertos. Tras unos cinco años, y siempre que demostrara buenas maneras en su oficio, se convertía en oficial, título que otorgaba el maestro. En ese momento, a los 19 o 20 años, ya podía realizar trabajos especializados, bien como cantero o bien como escultor, si tenía la habilidad requerida. Su prestigio se reflejaba en el hábito de firmar sus sillares con signos específicos, las marcas de cantero, cuyo significado sigue debatiéndose entre los historiadores.

Una catedral gótica era la suma total de cada una de las especialidades necesarias en el arte de la construcción, pero de todas ellas la de los masones era la principal. Era un masón quien colocaba la primera piedra del edificio, la angular o de fundación, normalmente en la base de la cabecera de la catedral, y también era un masón quien culminaba la obra con la colocación de la última piedra, la angular o clave de bóveda. Era, así, el ejecutor del principio y del fin, el alfa y el omega de la catedral.

En cierto modo, su trabajo en la tierra era equiparable al de Dios en el cielo. Dios era el sumo arquitecto, el constructor del universo y su forma, y el maestro masón era su homólogo mortal. No en vano una catedral gótica se consideraba la representación de la obra de Dios en la tierra. Un maestro constructor era una especie de mago, un alquimista capaz de emplear materiales cotidianos y simples para construir a partir de ellos una obra celestial y extraordinaria.

Para saber más

Catedrales góticas. Olga Pérez Monzón, Jaguar, Madrid, 2003.
El número de Dios. José Luis Corral, Edhasa, Barcelona, 2004.
Los pilares de la tierra. Ken Follet, Plaza y Janés, Barcelona, 1991.

Fuente: Nationalgeographic

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“La Masonería no es un lobby, es un círculo de sociabilidad”

orienteEl programa de la Cadena SerA Vivir que son dos Días“, que conduce Javier Del Pino, entrevistó al catedrático de Historia de la Universidad Pontificia de Comillas y Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia Pedro Álvarez, que comenzó hace más de 40 años a estudiar la Masonería en el Archivo de Salamanca. “El Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo confeccionó una serie de expedientes que fueron terribles porque valía todo. Una acusación sin probar era suficiente para encausar a una persona. Nos encontramos con la existencia de 80.000 expedientes por acusaciones masónicas cuando en realidad durante la II Republica y la Guerra Civil apenas había 5.000 masones en España. Esto puede dar una idea del aparato de persecución y represión que se montó para erradicar una institución por encima de todo“, explicó Álvarez. No obstante, el historiador recordó que esta situación vivida por la Masonería en España no fue extraordinaria. “Todos los regímenes dictatoriales de izquierdas y de derechas han prohibido a la Masonería. ¿Por qué? Por su esencia, por su naturaleza democrática“.

En la entrevista, que puede escucharse íntegra aquí, el historiador explicó que en los países anglosajones, de larga tradición democrática, no existe prevención sobre el conocimiento público de la membresía. Sin embargo, el secreto iniciático es propio de la masoneria. “La Masonería sera siempre secreta, porque para entrar se necesita pasar unos ritos de iniciación y eso es totalmente personal. Es como el que se enamora. Si tú estás hablando a otra persona que no se ha enamorado nunca de lo que es el enamoramiento, esa persona te va a entender racionalmente pero no integralmente“.

Álvarez define al masón como una persona que pretende una fraternidad por encima de las ideologías políticas y religiosas entre los miembros de las logias y que cree en un perfeccionamiento moral a través de los trabajos que se hacen en logia mediante un sistema didáctico de símbolos y ritos. La Masonería, añade el historiador, “tiene una dimensión Política, pero Política con mayúsculas, no partidista de partidos políticos sino de constructores de la ciudad, que eso es la polis“.

¿Es la Masonería un lobby? La respuesta de Álvarez es rotunda: “No, es un círculo de sociabilidad, que es distinto. Un lobby encierra una relación para conseguir un poder o mantenerse en ese poder económico, político, religioso… un círculo de sociabilidad es un espacio, un laboratorio. Las logias son lugares cerrados que permiten una relación entre sus miembros, una comunicación al margen de intereses políticos o religiosos determinados“.

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La imagen que la gente tiene de la Masonería

Ricardo Serna

Hace dos semanas, tres veinteañeras universitarias hablaban animadamente entre ellas en el interior del tranvía, mientras se desplazaban hacia el campus poco antes de las nueve de la mañana. Yo viajaba en el mismo convoy, muy cerca de ellas, y todos íbamos casualmente al mismo sitio: a la universidad. De pronto, una dijo a sus amigas que su profe de Contemporánea —de Historia Contemporánea, quiso decir— le había encargado hacer una reseña sobre un libro de contenido masónico. ¿Ma… qué? —interrogó otra, como preguntando qué diantre era eso de la Masonería—. Y entonces, la tercera aclaró a las demás que la Masonería era «una organización secreta que, durante la República española, hacía misas negras y perseguía a los curas y las monjas». Textual.

Mandil-de-maestro-del-Rito-EscocesDebemos explicar que las chicas eran cultivadas y bien educadas, pero en absoluto se las veía finolis ni meapilas; eran chicas normales y corrientes, ubicadas probablemente en familias de extracción media.

Inmediatamente, la primera matizó la definición dada por su compañera puntualizando que la Masonería no era exactamente eso, sino más bien «una secta de anticlericales y gente de extrema izquierda». También textual.

Apenas les dio más tiempo para recrear nuevas definiciones del término; el tranvía llegó a la parada de la plaza de San Francisco y allí nos apeamos los cuatro. Ellas, unos metros por delante de mí. Y el caso es que, a pesar de mi discreción habitual, no pude por menos que acelerar el paso para alcanzarlas y decirles que la información que tenían de la Masonería no era fiable; incluso les aconsejé que leyesen un libro genérico acerca de la historia de la Orden, escrito por un reconocido historiador del tema.

Me miraron extrañadas al principio, con cierta prevención, como quien no se fía del tipo extraño que inopinadamente las aborda y se mete donde no le llaman. Comprensible. Luego, cuando percibieron mi buena intención, cambió la actitud de las jóvenes, y hasta me dieron las gracias al final por mi repentina intervención. Fuimos los cuatro juntos hasta el pórtico del campus y allí nos despedimos con simpatía y cordialidad.

Contamos esta reciente anécdota porque resulta sorprendente que todavía hoy, con medio siglo casi de sistema democrático a las espaldas, un gran porcentaje de universitarios de este país tengan, de la Francmasonería, la misma o parecida imagen que se podía tener de ella, en los círculos conservadores, en 1935. Entonces, la media España tradicional y católica sí tenía determinados motivos para contemplarla negativamente desde el subjetivismo, pero parece sorprendente que a fecha de hoy se siga opinando igual de esta institución con tanta raigambre en buena parte del planeta.

No vamos a negar que cada vez son más los españoles informados y leídos, pero no nos engañemos:la mayor parte de nuestros conciudadanos sigue creyendo que la Masonería es una cosa bien antigua, rara y secreta, cuando no siniestra y complotista, contraria en cualquier caso al poso cultural judeocristiano que conforma las raíces históricas de las sociedades europeas occidentales.

Se reconozca o no, desde la calle aún se identifican las logias con las épocas de republicanismo, sobre todo con la II República y los umbrales de la guerra civil, y se asocia siempre a los masones con movimientos antimonárquicos o insurreccionales proclives al anticlericalismo iconoclasta.

Es verdad que algunas logias y obediencias de antaño mantuvieron furibundas posturas anticlericales; y que algunos iniciados, afiliados en aquel entonces a partidos republicanos o a sindicatos de signo radical, pudieron coprotagonizar a título individual ciertos episodios lamentables que hoy son mera historia, como la quema de conventos en la Barcelona de la Semana Trágica (entre el 25 de julio y el 1 de agosto del año 1909), o las sacrílegas exhumaciones de cementerios cenobiales en los conventos saqueados en la ciudad condal, en Madrid y en otras capitales de provincia. Está claro que la Masonería, como institución, nada tuvo que ver con estos desmanes u otros episodios similares, aunque la leyenda negra señaló a la Orden del compás y la escuadra como la instigadora en la sombra de algunas de esas atrocidades históricas.

Aquella Masonería que antaño apoyó decidida y públicamente los movimientos republicanos y anticlericales, y que acogió en su seno a miembros radicales del sindicalismo anarquista, fue una Masonería teñida por la nefasta influencia política y el partidismo insolente, convirtiéndose por dichas razones en ágil correa de transmisión de una determinada ideología que acabó por dañar sensiblemente a las logias en el centro neurálgico de su esencialidad. La Masonería se politizó de tal forma que al final hubo de tomar partido. Y lo tomó, ya lo creo que lo tomó. Es posible que la coyuntura política del momento no diese opciones distintas, no lo sabemos con certeza, pero los hechos están ahí. Y de aquellos barros vienen estos lodos. Han pasado tres décadas largas desde que la Masonería regresó a sus aposentos españoles tras el fallecimiento del general Francisco Franco. Y este tiempo debería haber bastado para aclarar las cosas y enviar a los ciudadanos un mensaje sereno, claro y unitario: la Francmasonería no es en realidad lo que se dijo que era, incluso a pesar de las innegables y muy dañinas inclusiones políticas que horadaron sus esencias y su sentido último. Parece inexplicable que una persona culta y joven pueda definir esta Orden a día de hoy como una secta oscura y perversa al servicio de quién sabe qué terribles y extraños intereses. Definiciones peores y más erróneas hemos oído, no obstante, en estos últimos tiempos.

En treinta años, la Masonería ha tenido tiempo de limpiar su emborronada imagen social, de paliar su mala prensa, de romper con el pesado lastre de su leyenda tenebrosa. Pero las ocasiones de hacerlo se han malgastando neciamente por diversas razones. Entre ellas, por la pugna interna desatada, desde antes incluso de 1983, entre las distintas potencias masónicas, al objeto de dominar los horizontes interiores.

Nos parece lícito preguntarnos por qué motivo se piensa todavía que las obediencias masónicas tienen carácter anticlerical, secreto o conspirativo. Es verdad que en democracia se han convertido en asociaciones reconocidas y legales; es cierto que algunos masones, a título individual, han procurado hacerse visibles para explicar las cosas como es debido, pero es obvio que el mensaje adecuado no ha llegado a las calles ni ha calado en el ambiente. El esfuerzo de unos pocos ha sido insuficiente para poner los puntos sobre las íes. Y por otro lado, el hecho de que las logias mal llamadas liberales estén abanderando, desde hace cuatro o cinco lustros, el combate en pro del laicismo, tampoco ayuda demasiado a que la sociedad se desenganche por fin de los viejos clichés. El ciudadano de a pie no asocia a los masones con ideales de presente, y menos aún con retos o proyectos de futuro, sino que los contempla como miembros de una asociación trasnochada sumida en la hojarasca otoñal de nuestro pasado patrio; una institución anacrónica, en cualquier caso.

Nos reunimos con tres iniciados en las logias, uno integrado en la denominada Masonería regular y los otros dos en la liberal. Y los tres, curiosamente, nos expresan su convencimiento de que la institución debe adaptarse al presente buscando la renovación de cuadros y un cambio sustancial en el fondo y la forma del mensaje. «El tiempo de los dinosaurios ya pasó, y lo que toca es replantearse las cosas con ojos de modernidad y de sentido común y trabajar de lo lindo. Y no precisamente —señalan con énfasis— en pro del laicismo o del aborto libre (asuntos extramuros de los talleres que afectan a muchas sensibilidades y fomentan filias y sobre todo fobias, nos explican), sino en la senda de mejora del ser humano, en la construcción del yo íntimo de los iniciados, en la concienciación de que el ser humano es un templo digno de cultivo, de atención y perfeccionamiento».

Cuando ellos mismos se expresan de esta forma y no parecen tener desacuerdos de hondura en lo que dicen, nos parece que convendría reparar esos rotos, o de lo contrario esta organización no hallará el camino franco para volver a ser tomada en serio en este país a medio o largo plazo. La fraternidad debería instruir con ganas a sus nuevos aprendices, tanto cultural como espiritualmente, y enseñarles lo que de verdad significa ser hombres libres y de buenas costumbres. Nada como volver a las raíces para renovarse en condiciones.

 

Joya.-Escuadra-y-geometrias-de-Pasado-V.·.M.·.Los principios elementales del pensamiento masónico siguen sin conocerseA veces, lo que es peor, ni tan siquiera dentro de las logias. No estaría mal —me consta que a muchos masones les encantaría— que los responsables últimos de las numerosas obediencias y tendencias masónicas que cohabitan en España, que son más de veinte, se sentasen alrededor de una mesa para dialogar, zanjar pleitos intestinos y formar luego un frente común que, reconociendo y respetando las diferencias entre unos y otros, ofreciesen sin embargo una imagen única y sólida a los ojos de lo que se viene llamando «mundo profano», cantera única y frágil de la que se alimenta la institución. No desconocemos que se están dando los primeros pasos en este sentido en el seno de las obediencias liberales, pero son avances lentos y poco aireados, de los que no se percata casi nadie en la sociedad civil.

«Los masones —nos dicen ellos mismos desde su deseo de anonimato— deberíamos mostrarnos, tanto hacia dentro como hacia fuera, como lo que decimos ser: hermanos. Y como tales, enseñar a nuestros conciudadanos los valores intrínsecos de esta fraternidad, que no debe buscar otra cosa distinta al mejoramiento de los individuos. Después, la extensión social de esos valores dependerá de los iniciados en particular, de su quehacer y buen ejemplo como ciudadanos responsables». No podemos estar más de acuerdo. Es preciso que la Masonería se modernice, que abandone por fin los antiguos traspiés y las viejas infecciones nocivas, que deje de agitar banderas que no le son propias y trabaje resueltamente en ese cambio de imagen tan necesario para sus propios intereses.

Que se sepa que los masones no hacen política partidaria ni ideológica, y que no andan por ahí —creemos— persiguiendo curas ni conspirando en el interior sombrío de sus templos, sino laborando por la consecución de fines más constructivos, en especial en pro de las personas y su idiosincrasia moral.

Los tiempos han cambiado, y algunos estudiosos del tema damos por sentado que la Francmasonería también ha mudado sus ideas impropias y ha dejado atrás sus metas inapropiadas y caducas; y si no lo ha hecho del todo aún, estaría bien que concluyese cuanto antes el proceso inevitable de actualización.

Sería deseable, y con esto acabamos, que esas tres simpáticas jovencitas del tranvía consiguieran en breve respuestas claras a su laguna de ignorancia sobre qué es la Masonería, y que no fuera yo precisamente quien tuviera que dárselas.

Ricardo Serna
Ricardo Serna es Licenciado en Filosofía y Letras, Diplomado en Estudios Avanzados de Literatura Española y escritor. Ha publicado hasta la fecha catorce obras, tanto de ensayo como de novela, relato y poesía. Fue profesor de Literatura Española. Es miembro del prestigioso Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española [CEHME, Universidad de Zaragoza].
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La llamada de la Masonería

“La Magia de la Francmasonería” (1927)

Arthur Powell

CAPÍTULO I
la magia de la francmasoneríaTodo el que sienta los ideales de la Francmasonería se debe haber preguntado alguna vez por qué esta Orden le atrae, y qué es lo que en ella le retiene. En realidad somos muchos los que nos hacemos esta pregunta continuamente, y formulamos respuestas que no afectan más que a los bordes del problema, porque siempre hay un elemento que se nos escapa: algo intangible e indefinido que no podemos localizar, definir o analizar a pesar de que es absolutamente real de que está definido de un modo perfecto y de que existe sin duda alguna algo que ejerce inconfundible seducción; algo que, al mismo tiempo que aplaca el hambre interior, la aumenta en grado extraordinario; algo misterioso, seductor y estimulante; algo que nos arrastra perpetuamente delante, como finito impulso hacia un infinito objetivo.
Más notable todavía es que nos percatemos de ello mucho tiempo antes de que sepamos
lo que es en realidad la Francmasonería (la cual, no obstante, sentimos en el fondo de
nuestro corazón). Pues aunque la mayoría de los candidatos a la Masonería tengan una
idea vaga y general de que ésta es digna de respeto y crean que es una venerable
institución que inculca elevados ideales relativos a la vida no les es dable saber mucho
más acerca de esta asociación. Poco o nada puede saber el profano de sus ceremonias,
aunque sepa que éstas existen. No obstante, la absoluta ignorancia de las enseñanzas y
métodos de la Francmasonería no es obstáculo para que los hombres se sumen a su
Fraternidad. Tampoco explica el problema la cínica afirmación de que la atracción que
los hombres sienten por la Orden se debe a mera curiosidad, pues casi todos los
masones saben por propia experiencia que esto no es cierto.
En todas las demás cosas solemos mirar antes de dar un salto y procuramos informarnos
antes de dar un paso definido o de lanzarnos a alguna empresa. La más elemental
prudencia nos aconseja que averigüemos en qué consiste la institución a que deseamos
adherirnos, o el plan que hemos de seguir. No obstante, poco a nada podemos saber de
antemano acerca de la Francmasonería, pues hasta los mismos masones serían las
últimas personas del mundo en revelarnos algo referente a ellos o a su institución. A
pesar de todo esto entramos en su Fraternidad convencidos plenamente de que no vamos
por mal camino, y nos zambullimos en las tinieblas sin sentir escrúpulos ni cortedad,
respondiendo a una llamada interior que no sabemos explicar ni comprender .
Aún más: sabido es que ningún hombre sensato es capaz de opinar sobre los asuntos
corrientes de la vida antes de haber hecho un examen detenido. Pues bien, cuando se
trata de Francmasonería ocurre lo contrario, porque todos solemos tener una idea
favorable y preconcebida de nuestra Orden, que es la que nos induce a sumarnos a ella.
Así que la Francmasonería tiene un sello característico que la diferencia de todas las
demás cosas del mundo, aun antes de que dé comienzo nuestra vida masónica.
Sin embargo, antes de que sondeemos profundamente en este factor misterioso e
intangible que constituye el corazón y la entraña de la atracción que nos impulsa hacia
la Masonería, es conveniente ,que pasemos revista a unos cuantos de los demás aspectos
de esta atracción, cuyo aislamiento y examen no es difícil de hacer .
El ritual sencillo, dignificado y bello ha desaparecido casi por completo del mundo
moderno. Es cierto que la Iglesia Católica y la alta Iglesia Anglicana conservan todavía
gran parte de ritual, el cual se ha limitado mucho en la gran parte de la Iglesia
establecida y apenas subsiste en las capillas no-conformistas. En la vida cívica subsisten
aún algunas ceremonias, como las de apertura del Parlamento, coronaciones, jubileos,
funciones de lores mayores, inauguración de estatuas y algunas otras, pero estos acontecimientos son relativamente escasos y, además, nada hay en su naturaleza que
forme parte de la vida regular del ciudadano corriente. En efecto, durante muchas
generaciones la creciente influencia del materialismo ha procurado eliminar de nuestra
vida las ceremonias como si se tratara de una superstición.
No cabe duda de que esta tendencia es sana y buena en cuanto hace que los hombres
dejen de tomar parte en ceremonias ritualísticas que, no teniendo sino aparato externo,
no se basan en ninguna realidad interna, ni se fundamentan en lo que en tiempos
primitivos recibía el nombre de magia y se consideraba como llamada para que actuaran
las fuerzas más ocultas e internas de la naturaleza y los seres pertenecientes a un mundo
distinto del nuestro.
Sin embargo, es indudable que casi todo el mundo abriga un secreto amor por las
ceremonias o el ritual. Prueba de ello es la adhesión del pueblo a ciertas instituciones
como por ejemplo, la extravagante y abigarrada guardia de corps, las procesiones del
Lord Mayor, las pelucas de los jueces y cosas por el estilo. El entusiasmo por las
exhibiciones históricas, así como los caprichosos vestidos que idean las madres para sus
hijos y la perenne fantasía de los trajes de los jóvenes y los ancianos, son otros tantos
ejemplos de este incontenible amor por las ceremonias.
Este es, indudablemente. uno de los principales atractivos que tiene la Masonería para la
mayoría de sus iniciados. Hay en la vida moderna tanto bullicio, tanta precipitación,
tanta barahunda, tanta indecencia, tanta actividad, tanta insistencia en los derechos
propios, tan poca consideración por los sentimientos ajenos y tan poca dignidad o
cortesía que brote espontáneamente de bondadosos corazones, que nos causa
extraordinario placer el hecho de entrar en la atmósfera tan opuesta de las logias en
donde reinan la dignidad y el orden, en vez de la indigna inquietud a que estamos
acostumbrados en el mundo externo.
Maravilloso tónico para los nervios fatigados por la tensión de la vida ordinaria es la
entrada en el recinto de una Logia masónica, en donde todo es quietud, orden y paz; en
donde cada cargo del taller y cada hermano tiene su lugar fijo y su deber prescrito: en
donde nadie usurpa las funciones ajenas; en donde, una vez que se ha elegido o
determinado la forma del drama, todos cooperan armónicamente y de buen grado para
llevar a cabo las ceremonias de forma tal que se cree el ambiente que algún día ha de
caracterizar hasta al mismo mundo externo, cuando cesen de disputarse los hombres,
aprendan la lección de la fraternidad fiel y cooperen con la suprema Voluntad de la
evolución a fin de ordenar todas las cosas, bella, fuerte y sabiamente.
También es agradable el goce estético que produce el tomar parte en una ceremonia bien
dirigida en que, no sólo hayan estudiado intensamente todos los hermanos los actos y
palabras que les correspondan, sino que, además, comprendan su significación y pongan
lo mejor de su alma ¡en todo cuanto hagan o digan. La disposición misma de la Logia,
la ordenada y digna colocación de las Columnas, los Oficiales con sus Insignias
especiales que tachonan la asamblea con pinceladas de colores agradables, la situación
de las Luces y todas las demás cosas adjuntas con que estamos familiarizados,
contribuyen a formar un tout ensemble que conforta a la vista, agrada a los sentidos,
place a la mente, satisface a la naturaleza religiosa y al par que contrasta con la mayor
parte de nuestra vida diaria, es una esperanza para el porvenir del mundo.
Otro elemento de gran belleza que conmueve a todo el que siente la poesía y la música
es el exquisito ritmo y eufonía de nuestro antiguo ritual, cuyas palabras y frases no
tienen igual en la literatura inglesa si se exceptúan la Biblia y las obras de Shakespeare.
El antiguo dicho inglés de que “una cosa bella proporciona goce eterno” puede aplicarse
a las sencillas y profundas palabras de nuestro ritual, porque se da el caso de que, a
pesar de ser oídas continuamente todos los años en las diferentes ceremonias, nunca  pierden su atractivo ni cansan ni envejecen; antes bien, su belleza, su majestad y su
significación aumentan a medida que nos familiarizamos con con ellas, lo cual es una
verdadera prueba de suprema literatura, de satisfacción ética y de religioso significado.
¡Cuán admirable es la tradición de que las palabras de nuestro ritual han de repetirse sin
añadir, omitir ni alterar nada, porque la mayoría de las sentencias se han redactado en
forma tan perfecta, que cualquier variación rompería su sonoridad o malearía su
significación!
La hermosura del lenguaje contribuye tanto como los demás factores a que las palabras
del ritual nos produzca intensa impresión. Estas amplias y profundas enseñanzas no
deben su poder a sutilezas metafísicas, ni a análisis filosóficos ni a su novedad
intrínseca, sino, más bien, a su sencillez, concisión y universalidad. Propiedad común de
todos los sistemas religiosos conocidos es la identidad de los preceptos éticos; no
obstante, el método de presentación de las antiguas verdades de moral y de amor
fraternal, así como la franqueza, la restricción, la grandeza y verdadera sinceridad del
ritual masónico con su trascendental significado hacen que estas enseñanzas nos
parezcan siempre nuevas, vívidas, inspiradoras y prácticas.
Muchos intelectos modernos, a quienes vienen cortas las estrechas y anticientíficas
ideas de ciertas ortodoxias religiosas, aceptan con verdadera complacencia la carencia
absoluta de dogmas teológicos y de otros géneros de que se jacta la Masonería. Gran
parte de los pensadores de mediana cultura reconocen la fraternidad, aceptan una ley
ética y un código moral basados en la fraternidad; pero no derivan ésta de preceptos
religiosos externos, sino de los dictados de sus corazones y de la innata benevolencia
que sienten hacia sus camaradas.
La Francmasonería expone estas enseñanzas con tanta universalidad y catolicidad que
los hombres pertenecientes a cualquiera de los credos así como los que no acepten
ninguno, pueden subscribirlas sin escrúpulos, reconociéndolas como norma de verdad
que ellos conocen por experiencia interna, sin necesitar el apoyo de muletas teológicas.
Además, ya no es posible negar el hecho de que en los tiempos modernos existe mucha
gente que no profesa una fórmula definida de creencia religiosa, quizás porque está
convencida de que no puede subscribir honradamente los credos que satisfacían a los
hombres del pasado. La necesidad de expresión de fe religiosa que esta gente
experimenta sin poderlo evitar y que todos sentimos prácticamente, puede satisfacerse
en gran parte con la sinceridad sencilla de la ética masónica y su declaración de
fraternal benevolencia. Read more

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Masonería y Movimiento Obrero

Alberto VALÍN FERNÁNDEZ
Departamento de Historia, Arte e Xeografía.
Facultade de Historia.
Universidade de Vigo

AITPor primera vez en la historiografía, se teoriza en este trabajo sobre las influencias, concurrencias e interrelaciones de índole emblemática e ideológica que existieron entre estas dos culturas políticas: la francmasonería y el obrerismo. Para ello el autor, partiendo de un cuestionario de trabajo preliminar, intenta darle respuesta a éste, desarrollando un reflexivo discurso en torno a los probables orígenes causales de aquellas diferentes adecuaciones o asimilaciones iconográficas e ideológicas habidas entre estas dos culturas políticas, como: la acción filantrópica y de cohesión social llevada a cabo por la masonería con respecto al proletariado; la influencia que, en el movimiento obrero, ha tenido el constructo “masón=revolucionario”; y la tradición revolucionaria burguesa o liberal, recogida también por el obrerismo, de apropiarse de la iconografía y algunos rituales masónicos para proyectar “instrumentalmente” sus categorías ideológicas.

Apuntes preliminares

Antes de comenzar a desarrollar estas reflexiones sobre un tema históricamente tan difícil de constatar, calibrar y valorar y, por otro lado, tan problemático para mí a la hora de pergeñar sobre él una tejida malla teórica con trama y urdimbre lo suficientemente apretadas, permítaseme iniciar este discurso con un brevísimo circunloquio “agulhonianamente” egohistórico sobre el tema en cuestión.

En realidad, llevo más de dos décadas detrás de la realización de un ensayo introductorio como el que a continuación ofrezco al lector. Desde que comencé esta masonológica línea de investigación histórica hace ahora veinticinco años y debido a las -para mí siempre llamativas- coincidencias que encontré entre la iconografía de la A.I.T., el criterio libertario y la masonería, comencé a modelar un personal y deductivo constructo teórico, sobre este tema, en torno al encuentro de dos culturas políticas de tanta trascendencia en la historia contemporánea universal, y del cual, por cierto, no encontraba en todos los catálogos bibliográficos que consultaba ninguna pequeña referencia y, obviamente, ninguna monografía que se hubiese ocupado de él; es decir, que, historiográficamente, ningún investigador se había interesado por aquello que yo, cada vez con más fuerza, veía tan ostentosamente claro.

Si durante aquellos primeros años del decenio de los ochenta, no me atreví a llevar a cabo la correspondiente tarea de abordar esta cuestión con la suficiente determinación fue, primero, por realizar la correspondiente autocrítica y saberme no preparado todavía al carecer de la correspondiente madurez intelectual para poder desarrollar una reflexión teórica de esa envergadura y, segundo, por esa inexistente presencia de precedentes historiográficos recientes -y, por ello, asequibles- que abordasen, directa y generalmente, esta interesante línea de investigación.

Desde aquellos momentos iniciales de mi aprendizaje en el oficio de historiador, trabajando de técnico archivero en el fondo Masonería del hoy denominado Archivo General de la Guerra Civil Española de Salamanca, y a raíz de esas personales lucubraciones alrededor del citado e íntimo constructo sobre ese curioso “encuentro”, siempre me han rondado en la cabeza complicadas incógnitas empujadas o determinadas por toda una compleja serie de concomitantes similitudes como, verbigracia:

¿Por qué tanto símbolo idéntico en la masonería y el societarismo; tanta aparente concordancia moral y hasta organizativa entre ambos; tanta semejanza a la hora de entender al grupo con el mismo y “tribal” sentimiento identitario entre ácratas y masones; tanto chocante paralelismo místico a la hora de entender la propia “Idea” por parte de cualquier masón o cualquier bakuninista?

¿Sirvió la francmasonería de escuela filosófica, moral y hasta organizativa de una parte destacada del primer movimiento obrero?

¿Por qué hubo tanto líder del societarismo que practicó al mismo tiempo una especie de doble militancia al pertenecer -y hasta destacarse- en la organización masónica, conocido el hecho irrefutable de que esa secreta forma de sociabilidad fue siempre dominantemente burguesa?

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Libro de Oro de la Respetable Logia de Beneficencia de Josefina

Libro de Oro de la Respetable Logia de Beneficencia de Josefina

Hace doscientos años, los aires de la Revolución Francesa habían entregado el poder absoluto al joven y ambicioso general Napoleón Bonaparte, reconvertido en Emperador e iluminado por la idea de extender el dominio francés al mundo y con él los ideales de la Revolución, al menos aquellos que fueran de su interés.En contraste, el mayor imperio hasta el momento, España, languidecía regido por una decadente familia real en la que se enfrentaban el rey Carlos IV y su heredero, el príncipe Fernando.

Entre 1808 y 1814 el territorio peninsular se convertiría en campo de batalla en el que no solo se dirimía la independencia de España, sino el dominio global de las nuevas potencias, Gran Bretaña y Francia. La eclosión de los valores representados por la Revolución Francesa había calado en buena parte de la ciudadanía española más ilustrada, que veía en ellos la fórmula del progreso frente al oscurantismo en que sumergía a aquella sociedad el excesivo peso de los retrógrados planteamientos de sus estamentos más conservadores con buena parte de la nobleza y el clero al frente.

En esta situación de guerra, con ingredientes de contienda internacional y enfrentamiento civil, la ciudad de Madrid vivía los momentos más difíciles hasta entonces de su larga historia. No es objeto de este trabajo narrar acontecimientos sobradamente descritos y analizados, sino aproximarse a la experiencia masónica vivida en aquellos momentos por un grupo de contemporáneos, español en su mayoría y evidentemente afrancesado en su totalidad, a través del reflejo que de ella dejaron en lo que constituye el documento esencial para reseñar la vida de un taller masónico, su Libro de Actas.

Este Libro de Oro abarca el período comprendido entre el 8 de febrero de 1810 (17 de noviembre de 5809 en su datación masónica) y el 10 de septiembre de 1811. No nos relata la historia completa de la Logia, pues ésta tuvo vida masónica antes y después de celebrar las reuniones que quedaron reflejadas en este volumen. Conservado en el Archivo Histórico Nacional, procede del Tribunal de la Inquisición, donde llegó muy probablemente tras ser requisado y servir como prueba para la persecución de los masones llevada a cabo por este tribunal, que fue restaurado por el rey absolutista Fernando VII.

Más sobre el autor

Corral Baciero, ManuelCURRÍCULUM de Corral Baciero, Manuel

Manuel Corral Baciero (1952, Peñaranda de Bracamonte) es Licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo e Imagen Visual y Auditiva); Diplomado en Estudios Especiales RTV; Titulado en Programación RTV y Master en Documentación. Ha trabajado en RTVE desde 1973, desempeñado múltiples tareas entre las que figuran desde la elaboración y presentación de programas hasta el desempeño de altas responsabilidades institucionales.
Posee, entre otras distinciones, el Premio nacional Fin de Carrera; premios por varios programas de radio y televisión; Colectivo “Ondas 1977 – Servicios Informativos TVE”; Ampe de oro y plata; Bronce ‘Laus 92′; Medallas de oro colectivas en el Festival de Cine y TV de Nueva York; Premio IBM “Leonardo da Vinci” de Periodismo.
Ha sido profesor invitado y conferenciante en múltiples congresos especializados y centros de formación superior. Creativo y guionista para diferentes objetivos de comunicación empresarial e institucional. Editor de publicaciones y colaborador esporádico en diversas generales y especializadas.
Es autor y traductor de obras de temática diversa, especialmente relacionadas con masonería, crítica social o microhistoria.

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Quinta da Regaleira: síntesis de religiones, espiritualidades e iniciaciones

masoneria Regaleira

El enigmático y sorprendente monumento del paisaje cultural de Sintra esconde en sus jardines un diálogo continuo entre el cristianismo y el paganismo y símbolos que evocan diferentes religiones. Fue mandada construir por Antonio Augusto Carvalho Monteiro, un portugués católico, monárquico y masón. Un hombre universal y confraterno que dejó en este terreno su testamento espiritual

La sierra de Sintra esconde en medio de su reconocida belleza una de las fincas más deslumbrantes de Portugal. La Quinta da Regaleira, hoy propiedad del ayuntamiento local, puede considerarse una verdadera joya simbólica. A simple vista contiene un precioso palacio, una bonita capilla y unos fantásticos jardines con grutas y fuentes. Pero basta detenerse un poco en cada uno de sus rincones para entender que este lugar es algo mágico por los símbolos que contiene. “Es unverdadero diálogo entre el cristianismo y el paganismo”, explica a ABC José Manuel Anes, profesor e investigador de las espiritualidades y religiosidades . “Es un revivalismo puro”, añade.

Fue construida con el fin de ser residencia estival de la familia de Antonio Augusto Carvalho Monteiro, un portugués nacido en Brasil en 1848, que heredó de su padre una gran fortuna. Licenciado en Derecho en Coimbra, destacó por su patriotismo, por ser un grancoleccionador y por ser un filántropo. “Era monárquico y católi

co, un hombre de convicciones pero al mismo tiempo confraterno”, afirma Anes, quien estudia la Regaleira o desde 1989 y ha publicado varios libros sobre la misma. El multimillonario portugués compró la finca a finales del siglo XIX en subasta pública y contrató al arquitecto, pintor y director de teatro italiano Luigi Manini para que llevase a cabo su proyecto. Fueron 14 años de trabajo en este amplio terreno del centro de la villa en el que se cuidaron todos los detalles. “Invoca con esta obra los tiempos en los que Portugal fue una gran nación, la época manuelina”, resalta José Manuel Anes. La construcción se llevó a cabo entre 1904 y 1910.

Santuarios

ojo--644x362En su opinión, una de las grandezas que esconde este espacio son los dos santuarios. Por un lado, la capilla cristiana, templaria, “muy interesante, donde en la entrada tenemos a San Antonio y a Santa Teresa de Ávila, nombre que dio a sus nietos”. Dentro hay varias cruces templarias y de la orden de Cristo, “que llevaron a cabo los grandes descubrimientos”, puntualiza. El otro santuario es la gruta de Leda, personaje de la mitología. Una mujer muy guapa de quien Zeus se enamora y se disfraza de cisne. La muerde para fecundarla. “Lo que es fascinante es que él siendo católico colocó a un Dios fecundando a una mujer, y la figura central en la capilla cristiana es el Espíritu Santo descendien

do sobre María”, explica el profesor para quien Carvalho Monteiro “no es herético sino universal. No es nada ofensivo sino que respeta símbolos de otras religiones”.

 

hermes

Junto al muro de entrada encontramos las estatuas de nueve dioses grecorromanos. Juega con los símbolos de todos ellos. “Hay símbolos que son universales y pasan de religión a religión. Es una prueba de inteligencia de las religiones mantener esos símbolos”, opina Anes. Ya en los jardines encontramos una arquitectura muy interesante: pozos, grutas y laberintos subterráneos. Siempre jugando con la idea deldescenso a los infiernos y la resurrección a la luz, “que es lo que dicen casi todas las religiones, y él como católico creía en la resurrección”.

pozo--644x362El pozo iniciático es una torre invertida de casi 27 metros con acceso a través de una monumental escalera en espiral. Un espacio conconnotaciones herméticas y alquímicas donde se intensifica la relación entre el cielo y la tierra. “El pozo tiene nueve niveles que son los nueve círculos del infierno de la Divina Comedia de Dante”, interpreta el historiador. “Después tiene una salida para la luz porque ese es el objetivo, se muere para resucitar”, añade. Al descender el pozo encontramos en el centro la Rosacruz. Recuerda que las fraternidades iniciáticas en sus rituales “simulan la muerte del candidato”. Es algo que también encontramos en otros jardines, como el de Stourhead en Inglaterra, donde su propietario explicó a sus amigos que representó allí el sexto capítulo de Eneida de Virgilio, el descenso a los infiernos. “Hay referencias a los templarios, a la masonería, pero la cristiana”, asegura José Manuel Anes. “Encontramos el ojo delta con la cruz templaria, el lema de los templarios masónicos. Pero está representada una masonería conservadora, cristiana y tradicionalista”, afirma.

La Regaleira se convierte en algo exótico, interesante y misterioso a la vez que extraño, cuando se intenta descifrar los símbolos. El profesor Anes, doctorado en Antropología Social, llama la atención al hecho de que la masonería que se encuentra en esta quinta es “conservadora” y en Portugal fue substituida a finales del siglo XIX por la masonería republicana, progresista. Regresaría únicamente en 1990, con la Gran Loja de Portugal, de la que Anes fue Gran Maestre. Carvalho Monteiro pasó a la historia por ser un filántropo y mecenas, “que quiso dejar aquí su testamento espiritual”. Allí vivió sus últimos años, desde que falleció su mujer Perpetua hasta su muerte. Su hijo Pedro lo heredó pero tuvo muchas dificultades económicas y acabó vendiendo la finca a lafamilia alemana DŽOrey. Llegó a organizar ceremonias de iniciación con un grupo reducido de personas, “entre ellasFernando Pessoa quien en algunos de sus poemas habló de la Regaleira”. Ceremonias secretas que no se sabe si llegaron a ocurrir con su padre aunque “toda la escenografía estaba montada”, resalta el investigador portugués. “No es un palacio masónico sino universal, tiene un poco de todo”, puntualiza.

Fundación Cultursintra

La familia alemana acabó por vender la Regaleira a la fundación japonesa AOKI en los años 80 quien intentó convertirla en un hotel, planes que se vieron interrumpidos cuando se abrió el proceso para su clasificación como patrimonio cultural. De esta forma el ayuntamiento de Sintra logró adquirir la Regaleira y constituyó la fundación Cultursintra, hoy responsable de su gestión. Los españoles son los turistas que más visitan este lugar aunque todavía no es tan conocido como el Palacio da Pena, otro de los monumentos de Sintra. Este ejemplo de “revivalismo manuelino” sigue sorprendiendo a los que por allí pasan. Un viaje por la tierra, un descenso a la oscuridad y un ascenso a la luz. Grutas, pozos, fuentes, cascadas, túneles y puentes. Un jardín armónico y un palacio monumental. Un lugar para regresar.

 

Fuente: ABC

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Freemasons Arms, el bar donde se fundó el fútbol hace 150 años

La taberna masónica ubicada en el centro de Londres fue el lugar donde se establecieron las primeras reglas del balompié.

 
El sitio histórico no ha sido destacado en los festejos de los 1560 años de la FA.©
 

A pocos metros de la estación de Metro Covent Garden, en pleno centro londinense, se encuentra Freemasons Arms. Podría ser una taberna como las cientos que hay por toda la capital inglesa, salvo por un detalle muy particular. Allí, el 26 de octubre de 1863, tuvo lugar la reunión de los 11 clubes y colegios más elitistas de la ciudad, y en la que se terminó constituyendo la Federación Inglesa de Fútbol.

Aunque originalmente esta taberna -vinculada al mundo de la masonería londinense, específicamente a la Gran Logia Unida de Inglaterra, por entonces la organización masónica más importante del mundo-, se hallaba desde 1775 en Great Queen Street, precisamente donde se llevó acabó el encuentro fundacional, hoy la Freemasons Arm, que sustituyó a la Freemasons Tavern, se ubica en Long Acre 81-82, a pocos metros del anterior edificio, que fue consumido por un incendio en la década del 30.

En aquella reunión se redactó el primer reglamento del fútbol, que establecía, entre una de las 13 primeras reglas de esta actividad, que la pelota se jugaría exclusivamente con el pie, lo que provocó la furia de los partidarios de que se jugara también con las manos, variante que posteriormente derivaría en el rugby, en honor a la ciudad donde aparentemente comenzó a jugarse.

El reglamento fundacional del hoy deporte más popular del mundo sería aprobado en la sexta y última de las reuniones que se produjeron en los siguientes 44 días, acontecida el 8 de diciembre. Publicado por John Lillywhite, el primer partido jugado de acuerdo con sus normas tendrá lugar tan pronto como el día 19 de diciembre del mismo año 1863. Lo disputan los equipos del Barnes y del Richmond, y tiene lugar en el Limes Field del Barnes. Su resultado fue un insulso 0-0.

Curiosamente, pese a ser reconocido como el lugar donde se fundó el fútbol, Freemasons Arms poco y nada resalta tamaño hecho histórico. Apenas un pequeño cuadro, donde luce un antiguo zapato de fútbol, que no trae especificada la data de uso, y algunos artículos de principios del siglo XX. De la reunión de los 11 delegados de 1863, ningún asomo de recuerdo u homenaje. En su fachada no existe ni una placa recordatoria de la Federación Inglesa. Tampoco hay una en el lugar de la taberna original, a pocos metros de ahí, donde hoy se encuentra el Freemasons Hall.

“Cuando se cumplieron los 150 años, se debió al menos hacer una mención por parte de los dirigentes al lugar donde comenzó todo. Si fueron capaces de mandar a hacer una bandera especial por los 150 años, al menos se pudo hacer algo simbólico con el lugar donde se crearon las primeras reglas”, cuenta Simon Carr, periodista del Daily Mirror.

Fútbol y cerveza

Pese a que los hinchas se sienten decepcionados por la escasa, por no decir nula mención al hecho de la fundación del fútbol, cientos de londinenses prefieren este lugar para sentarse a ver y disfrutar los diversos partidos que se muestran a través de las cuatro pantallas que adornan el lugar.

“La gente viene acá simplemente porque sabe de una u otra manera que se inventó el fútbol. Bueno, también porque se sirve buena cerveza y la comida es bastante buena. Pero el gran gancho es el tema de la famosa reunión de hace 150 años. De hecho, como hace poco se produjo ese aniversario, muchísimas personas venían a tomarse fotos al lugar, como para tener un simple recuerdo”, cuenta Richard Perry, uno de los meseros del lugar, fanático de Arsenal.

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¿Existe una literatura masónica?

Fuente: Museo Virtual de Historia de la Masonería

Bajo la denominación de literatura masónica se comprenden una serie diversa de escritos; desde los textos de las partituras musicales concebidas para el oficio masónico (por ejemplo, la letra prestada por el masón Emanuel Schikaneder a las piezas específicamente masónicas compuestas por Mozart), hasta los relativos a rituales masónicos (oficiales o no), pasando por las planchas o trabajos relativos a historia, principios, etc. de la Orden, incluida también la correspondencia oficial girada entre logias, o los reglamentos y normativa de cada Obediencia, etc.

Pero por otro lado, también existe una literatura generada por masones inspirada, en mayor o menor medida, por la cultura y valores más positivos de la Orden tales como la paz, la fraternidad, el recurso al simbolismo como medio de expresión suprarracional, etc.

Ciertamente, al estudiar la obra literaria de algunos de los masones seleccionados en este Museo Virtual, resulta extremadamente difícil determinar las líneas de influencia específicamente masónica que aparecen reflejados en los temas y detalles de cada una de sus obras. A fin de cuentas, los llamados “valores masónicos” no son algo exclusivo de la Orden, sino que forman parte de lo más noble de la naturaleza humana, con independencia de las formas o credos que adopte. Aun con tales matices, merece la pena presentar algunos autores masones con sus obras confiando en que el lector sabrá suplir tales obstáculos.

Museo Virtual de Historia de la Masonería (M:.H:.M:.)

 

  ¿HAY UNA LITERATURA MASÓNICA?

Podemos preguntarnos con toda legitimidad si existe o no una literatura masónica propiamente dicha. Cuestión que, si bien es muy debatida en algunos foros, no nos ofrece la mínima duda.

Parece indispensable dejar constancia de que, bajo la denominación genérica de literatura masónica, se encuadran una serie de muy diversos escritos. Pongamos un ejemplo: los textos de las partituras musicales que se conciben para el oficio ritual, entrarían sin problemas en este apartado, igual que los reglamentos de logias y obediencias, las recopilaciones de actas, la correspondencia postal y el resto de documentos escritos que genera de hecho la actividad propia de los talleres. Ni que decir tiene que las planchas selectas de los francmasones también formarían parte de este cajón de sastre literario; a éstas, probablemente, sí podríamos considerarlas como textos literarios en el más estricto sentido del término, aunque solo a las más escogidas y bien confeccionadas, que son las menos.

Es evidente que nosotros no queremos hablar aquí de toda esta literatura de gestión, sino exclusivamente de la que denominamos literatura creativa, es decir, de la que nace de la imaginación del escritor o de su personal experiencia comunicativa como autor original y distintivo.

Algunos escritores han generado obras en las que se nota algún tipo de espíritu o inspiración masónicos. En esos títulos suelen aparecer los valores esenciales que predicaba la histórica Masonería, como la fraternidad, la igualdad, la paz social, la filantropía, la libertad de conciencia o la compasión respetuosa, y no suelen hallarse exentas de un simbolismo más o menos patente. Sin embargo, desde un punto de vista racional, resulta muy difícil determinar y concretar las líneas de influencia puramente masónicas, dada la universalidad de los valores aludidos; en realidad, la presencia de los mismos nada tiene que ver directamente con el hecho de que el autor sea o no iniciado en la Francmasonería. Por lo tanto, debemos señalar que no existe ni de lejos una literatura masónica propiamente dicha, como tampoco existe una arquitectura masónica ni una música masónica. Read more

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¿El programa Apolo fue un acto masónico secreto?

masones astronautasEsta tesis es defendida por el fundamentalista cristiano Texe Marrs en su documental ‘The Eagle has landed. Magic, Alchemy and the Illuminati Conquest of Space’ (‘El águila ha aterrizado. Magia, alquimia y la conquista illuminati del espacio’). Muy pocos tomarán en serio esta acusación, a todas luces falsa. Sin embargo, su punto de partida, al contrario que otras argumentaciones supuestamente científicas, es correcto. Marrs se basa en el hecho de que Buzz Aldrin, el segundo humano en pisar la Luna, es masón y celebró ciertos rituales sobre la superficie del satélite. A partir de ahí, desarrolla su teoría conspirativa, en la que se entremezclan el ocultismo, el satanismo, la magia negra y, cómo no, la secta de moda desde que Dan Brown la popularizara en ‘El código Da Vinci’: los Illuminati.

La interpretación de Marrs es errónea, pero su hallazgo es válido. De todos modos, calificarlo de hallazgo es exagerado, pues Aldrin nunca ha ocultado su condición de masón, ni tampoco que celebró una ceremonia religiosa privada sobre la Luna durante los pocos instantes que tuvo libres. Además, incluyó el anillo de iniciación masónica de su abuelo entre los escasos objetos personales que pudo llevar hasta nuestro satélite, lo que posiblemente tuviera algún significado ritual para su familia. Tampoco esto se ha mantenido nunca en secreto, aunque hay que reconocer que no son datos fáciles de contrastar hoy en día.

En noviembre de 1969, después de que el Apolo 11 completara su misión a la Luna, la revista masónica ‘The New Age’ (ahora llamada ‘The Scottish Rite Journal’) lo celebró con la primera portada en color de su historia, ilustrada con una fotografía de Aldrin junto a la bandera estadounidense en Mare Tranquilitatis. Bajo ella, podía leerse: “Edwin E. Aldrin, Jr, 32º, on the Moon”. El astronauta pertenecía al rito escocés y a la jurisdicción sur de Estados Unidos de esta secta.

La vinculación a la masonería de Aldrin, y posiblemente de otros astronautas, es cierta. El único problema de esta teoría conspirativa es que confunde la investigación histórica con una novela de tercera. El hecho de que Aldrin y otros astronautas pertenezcan a una sociedad secreta no implica que tuvieran intenciones ocultas. El propio Aldrin contó en un libro de memorias, descatagolado hace ya décadas, todas estas circunstancias. Quienes defienden la tesis del ritual masónico suelen basarse en oscuras referencias que han encontrado en algún libro de esta secta, y parecen ignorar que el astronauta no le daba ninguna importancia al asunto ni tuvo ningún problema en airearlo, incluso con algún detalle escatológico. Los astronautas del Apolo vestían bajo sus trajes presurizados una especie de pañal que ellos llamaban eufemísticamente contenedor fecal y que impregnaban con una crema especial para contener el olor.

Estas medidas higiénicas eran necesarias porque el viaje a la Luna requería pasar varios días sin poder desnudarse. Así es como narra Aldrin las complicaciones que sufrió con su anillo masónico, momentos antes del lanzamiento de su histórica misión, cuando acababa de embutirse en su traje espacial:

“Una vez que el aire fresco comenzó a correr por el traje me acomodé y relajé. El único momento de ansiedad llegó cuando me di cuenta de que el anillo masónico de grado 32 de mi abuelo no estaba. Lo había llevado durante más de un año y lo consideraba parte de mí. Pasaron varios minutos y me dejé arrastrar por un curioso -y nada habitual- ataque de superstición. Después de todo, había planeado llevar el anillo a la Luna y traerlo de vuelta, y ahora había desaparecido. Me di cuenta de que debió desprenderse cuando me limpié de las manos la crema de los contenedores fecales. Un médico se ofreció voluntario para correr por todo el pasillo y buscar en el lavabo. En cinco minutos había regresado con el anillo”.

En cuanto a la breve ceremonia religiosa que llevó a cabo Aldrin sobre la Luna, también queda explicada en sus memorias, así como en el más conocido libro de Andrew Chaikin, ‘A Man on the Moon’ (‘Un hombre en la Luna’). El astronauta fue el primer ser humano -y, hasta el momento, el único- en recibir la comunión en un cuerpo planetario distinto a la Tierra. No se trata, por tanto, de un ritual oculto, sino del habitual sacramento cristiano. Este fue, precisamente, el motivo por el que la NASA decidió ocultarlo, ya que no quería levantar suspicacias entre los no creyentes. Así lo contó el propio Aldrin:

“Durante el primer momento desocupado en el LM [módulo lunar] antes de tomar mi comida, busqué en mi botiquín de utensilios personales y saqué dos pequeños paquetes que habían sido especialmente preparados a petición mía. Uno contenía una pequeña cantidad de vino, el otro una pequeña hostia. Con ellos y un pequeño cáliz del maletín, tomé la comunión en la Luna, leyendo para mí mismo de una pequeña tarjeta que llevaba en la que había escrito un extracto del Evangelio de Juan usado en la ceremonia tradicional de comunión. Había intentado leer mi pasaje de comunión a la Tierra, pero en el último minuto Deke Slayton [director de vuelos tripulados] me había pedido que no lo hiciese. La NASA estaba ya inmersa en una batalla legal con Madelyn Murray O’Hare, la famosa oponente de la religión, sobre la lectura de la tripulación del Apolo 8 del Génesis mientras orbitaban la Luna en Navidad”.

A Aldrin no le gustó demasiado tener que disimular sus creencias, pero terminó aceptando la petición de Slayton y, en lugar de leer la Biblia en voz alta, pidió que cada uno reflexionara sobre el significado de aquellos instantes “en su propia e individual manera”. Andrew Chaikin, que entrevistó personalmente a los astronautas, cuenta cómo Neil Armstrong se sorprendió cuando Aldrin pidió un momento de silencio desde el módulo lunar “a todas las personas que estén escuchando”, ya que desconocía qué se disponía a hacer su compañero. Tampoco lo sabía la mujer de Aldrin, Joan, que en ese momento escuchaba las palabras de su marido desde su casa de Nassau y, simultáneamente, un disco del pianista de jazz Duke Ellington, pasados ya los momentos de tensión del alunizaje.

La Biblia de Aldrin no es el único libro religioso que ha viajado a la Luna. También lo hizo el Corán, a bordo del Apolo 15 y por sugerencia del geólogo de origen egipcio Barouk El-Baz, uno de los científicos más importantes del programa. Los astronautas también llevaron banderas de la Unión Soviética, en consideración a sus colegas del otro lado del telón de acero, y muchos otros símbolos personales, religiosos o políticos, sin que ello signifique, ni mucho menos, que los viajes a la Luna se llevaron a cabo para glorificar las ideas representadas por estos emblemas. Hay una explicación mucho más simple para ello: el hombre es un animal simbólico, y esto incluye a ingenieros, científicos y astronautas.

 

Fuente: El Mundo

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