¿Qué es la Francmasonería? El hombre se interroga ante el Universo. (Segunda Parte)

El arte de construir y su proyección espiritual.

Pero, ¿por qué –se me dirá- de entre todos las corporaciones profesionales será precisamente la de constructores la que, a su entender, funcionará como prestigioso vehículo de la tradición espiritual de la humanidad?

La explicación es muy simple.

Quien desee practicar el arte de la construcción debe conocer y respetar las leyes que rigen el equilibrio y la armonía, sin las cuales nada duradero puede ser erigido.

Así, la arquitectura, hija de las matemáticas, de la cosmogonía y de la metafísica, procede también de los estudios sobre la naturaleza de los elementos, la gravitación, la física, la mecánica, la química y la práctica de un extenso conjunto de artes. Por eso nos pone en la perspectiva de una incesante búsqueda de los principios fundamentales de la creación, nos suscita el amor a la belleza y nos induce a la meditación y a la disciplina del espíritu.

Por tanto, nadie debería sorprenderse de que los masones, los constructores, se hayan sentido desde siempre y con toda naturalidad como los discípulos de ese poder que ordena la energía vital de los Mundos.

Se adivinan también con facilidad las razones por las que, en un tiempo en que la transmisión del saber era esencialmente verbal, los constructores hicieran gala de un escrupuloso rigor en la aceptación de sus discípulos, de una sabia lentitud en el periodo de su aprendizaje, de una necesaria severidad en la evaluación de los progresos alcanzados por cada uno de ellos en la práctica efectiva de la profesión y del arte.

Hay aún otras causas por las cuales las agrupaciones de constructores acompañan sus preocupaciones de orden técnico con la práctica de un fructífero esoterismo e incorporan normas disciplinarias y rituales en apoyo de su solidaria fraternidad.

Como constructor de edificios civiles, religiosos o militares, el masón conquista a través de los siglos la fama imperecedera de ser uno de los apoyos indispensables de la vida social, renombre que mantuvo dignamente, desde los tiempos más remotos, con la honorable nobleza de un trabajo emancipador y muy respetado.

Los Masones Constructores.

Esta constatación se ve confirmada por la corriente permanente de aprecio y con frecuencia de simpatía, que muchos Príncipes -del poder o del espíritu- profesaban hacia los "maestros de obra". No se trataban sólo de relaciones clientelares circunscritas al estricto ámbito profesional, sino, en general y sobre todo, de una adhesión espiritual a los presupuestos de esta extensa y libre cultura a la que hemos aludido. Una relación singular en la que las más altas personalidades, y desde la más alta antigüedad, se honraban no ya en proteger al oficio de los constructores con privilegios y franquicias, sino en hacerse admitir como miembros aceptados dentro de sus fraternidades.

Así, la Cofradía de los Francmasones va consolidando aquella posición eminente de la que ya disfrutaba mientras que sus sabias y hábiles cuadrillas son reclamadas en todo el mundo civilizado para el ejercicio de sus prácticas y de su arte, aumentando no sólo su notoriedad sino también sus conocimientos comparativos sobre las costumbres y los hábitos de una infinidad de pueblos y naciones.

No resulta exagerado afirmar que durante la Edad Media, y a lo largo de doscientos años, los Francmasones encarnaron a los hombres más capaces de su tiempo. Poseían una suma tal de conocimientos que nadie podía llegar a igualar. Y es en estos Francsmasones en los que la moderna Hermandad de los Masones Libres y Aceptados encuentra su origen más preciso, en quienes concibieron, construyeron y mantuvieron, a lo largo de toda Europa y en Oriente Próximo, millares de catedrales, capillas, monasterios, fortalezas, acueductos, castillos, palacios, etc.

El Temple.

Conviene señalar a este respecto las estrechas y prolongadas relaciones que existieron entre los Francmasones y los Caballeros de la Orden del Temple a partir del siglo XII.

Destacados para garantizar la seguridad de los peregrinos y para la defensa del Santo Sepulcro, los Templarios, monjes combativos como ninguna otra Orden, se vieron obligados a erigir un gran número de plazas fuertes en Tierra Santa. Los masones, agrupados en su mayor parte en la "Orden del Santo deber de Dios de los Honestos Compagnons", se encargaron de levantar dichas obras. Después, al ampliar el radio de sus acciones más allá de la propia Palestina, los Caballeros del Temple continuaron construyendo un número casi infinito de edificios en todos los países de Europa.

Más de diez mil "casas", además de otras construcciones militares, enarbolaban en toda la cristiandad los colores de esta Orden, tan próspera y poderosa, cuando a principios del siglo XIV, bajo la presión de Rey de Francia -Felipe el hermoso-, el papa Clemente V la empujara trágicamente al proceso inquisitorial pergeñado por el Concilio de Viena.

Se hace en el auto mención a la importancia de los bienes propiedad de la Orden Soberana del Temple y, consecuentemente, de las relaciones frecuentes y necesarias que se dieron a lo largo de dos siglos entre los Caballeros y los Francmasones, encargados de construir, mantener y reparar sus edificios; una circunstancia que el historiador no debería descuidar.

A falta de documentos explícitos puede especularse que los ahora perseguidos y arruinados Caballeros recibieran asilo, ayuda, trabajo y asistencia en las Logias inviolables de estos Francmasones con los que, durante tantos años, habían compartido saberes, buena fortuna y peligros. Además, la práctica caritativa del deber fraternal de solidaridad y el sentido agudo de la justicia eran en ellos una tradición.

Los Masones aceptados.

Por tanto se puede concluir que, con mucha probabilidad, en los albores del siglo XIV un buen número de antiguos Caballeros Templarios se hicieran recibir como Masones, caso de que no lo fueran ya de antiguo a título de "aceptados".

Es curioso constatar, en cualquier caso, que es precisamente a mediados de este siglo XIV, y probablemente por primera vez en la historia, cuando una Logia de Francmasones, en Inglaterra, no procede a disolverse y dispersarse como era costumbre (al terminarse las obras del edificio a propósito de cuya construcción la Logia, originalmente, se habría constituido), manteniéndose activa y conservándose activa, consecuentemente "para sí misma".

¿Cómo podría justificarse un hecho semejante?

La Logia.

Cuando los Francmasones operativos se disponían a levantar uno de esos edificios que aún hoy causan la admiración del pueblo, comenzaban por construir junto al solar de la obra un pequeño edificio: la Logia.

Allí, en un entorno de trabajo, orden y fraternidad, se ideaba toda la concepción intelectual de la obra y se conjuntaban todos los recursos indispensables para un correcto equilibrio de los trazados. La Logia era el corazón y el cerebro de la empresa constructora, el centro material y espiritual de unión y cohesión de los masones; no solo con su edificio, sino también entre ellos mismo y, sobre todo, con las leyes de la Arquitectura Universal.

La Logia se considera una fuente incomparable de valor en sí misma, la condición necesaria para poder alcanzar la armonía permanente durante los comienzos y en la ejecución misma de los trabajos a manos de unas cuadrillas que a menudo se ven renovadas por generaciones familiares sucesivas y compuestas de artesanos que gozan de una gran libertad y de inspiración individual.

La Logia de los Francmasones reviste, como acabamos de ver, un interés propio e independiente de la naturaleza del edificio que daba una ocasión formal para que ésta se constituyera. Permitía que una serie de hombres cualificados, Masones operativos o Masones aceptados, dedujeran de la antigua disciplina del oficio una fraternidad, un conjunto de enseñanzas, un ritual, una colección de símbolos y, en fin, una filosofía que no existía en ninguna otra parte: una vía iniciática original y susceptible de ofrecerles los medios para adquirir, a través del trabajo constante, los elementos armónicos sin los cuales no puede lograrse una construcción duradera, material o espiritual, interior o exterior, y sea cual sea el solar sobre el que haya de elevarse.

Estas Logias permanentes, ya estuvieran compuestas por masones operativos o especulativos y ya trabajaran conjunta o separadamente, fundamentaban la legitimidad de su existencia civil en la Carta Real que, según sus propias fuentes, fuera otorgada a la Orden en el siglo X por el príncipe Edwin, hijo de Athelstan, cuya preciosa posesión recordaban en un venerable documento llamado "Manuscrito Real", en el que se exponían sus objetivos, leyes y reglas y cuyas copias, llamadas "Antiguas Obligaciones", forman los cimientos de las Constituciones de las Grandes Logias modernas.

Un ejemplar escrito de estas "Antiguas Obligaciones" se guardaba en la sala de la Logia donde los masones se reunían, a modo de garantía legal de su derecho a hacerlo y como una constante referencia a sus estatutos y deberes multiseculares, piadosamente conservados.

Sus enseñanzas

La práctica misma del oficio, tan rico en enseñanzas, revelará a los Francmasones el contenido profundo de su deber primordial: el Trabajo.

Para poder perpetuarse, la Vida exige que el hombre actúe por sí mismo, con el fin de hacer o producir las cosas que le son indispensables y que la naturaleza se guardó de ofrecerle ya terminadas. De este modo se salva de la ociosidad, la plaga más virulenta.

En un mundo cuya concepción y construcción se nos revela como si de un Templo se tratara, el Trabajo se convierte en fuente inagotable para la expansión de los valores más nobles del hombre y en una vía para realizarse participando en el orden universal de las cosas. Sin embargo, el descubrimiento y aceptación de esta filosofía del Trabajo, una de las más preciosas que nunca se hayan ofrecido a la humanidad, colocaba a los Francmasones en franca oposición al sistema de ideas del mundo medieval que, fundamentado en la división en castas, concebía el trabajo como una ocupación sin atisbo de nobleza, un hecho degradante, una maldición del cielo, un justo castigo por el pecado original del hombre, e identificaba la detentación de una sabia cultura con el germen de todas las herejías y con la tentación del demonio.

Por el contrario, el secreto de la Hermandad (a quien ésta debe la supervivencia y su crecimiento incluso en los periodos más convulsos de la Historia) radicaba en considerar el mandil de cuero de sus adeptos, la insignia del trabajo emancipador, como la distinción más antigua y más honorable entre los hombres.

Esta elevada doctrina, derivada directamente de la experiencia vivida por cada Francmasón con independencia del lugar o del tiempo en que habitara, se granjearía el rechazo de unas instancias religiosas que desviarían el debate hacia el orden que siempre le fue más específicamente ajeno a esta doctrina: el teológico.

Su método

Desde tiempos remotos, la Maestría en el Arte Real de la Francmasonería quedaba reservada a hombres que, aún perteneciendo a naciones diferentes, se sentían fraternalmente vinculados en una comunidad de conocimientos, práctica y disciplina. La Cofradía era una gran familia de trabajadores considerados dignos de participar en las obras sólo en razón de sus propios méritos. Cualquier otra consideración que no estuviera relacionada con el trabajo, ya procediera de un particularismo local, de un sectarismo espiritual o de prejuicios raciales, no hallaría eco en su seno.

Tal es la característica incomparable de la Francmasonería, lo que la distingue más radicalmente del resto de las fraternidades nacidas de la efervescencia ocultista, mística y humanística de los siglos XV, XVI y XVII.

Gutenberg y Fust imprimen sus primeras Biblias y a través ellas, y por su sola intermediación, los cristianos comienzan a liberarse del monopolio de los sacerdotes para dirigirse a la búsqueda directa de Dios; progresa la Reforma protestante y el Renacimiento florece; el Humanismo se extiende y se suceden las revoluciones y las restauraciones... pero sin que el espíritu tradicional de tolerancia e independencia de la Francmasonería disminuyera en modo alguno.

Muy al contrario, en estos períodos tan agitados y trágicos los Francmasones encontraron múltiples ocasiones para manifestar y ejercer sus sentimientos de caridad hospitalaria en beneficio de quienes sufrían persecución. También fueron los más ardientes propagadores de esta armonía pacificadora, tan propicia para el Trabajo, que termina por triunfar en Inglaterra a finales del XVII y que encuentra su síntesis legal en el Acto de Tolerancia de Guillermo de Orange, Rey de Inglaterra y Francmasón aceptado.

Con el fin de crear un vínculo más estrecho entre los diferentes ateliers masónicos y un verdadero centro de unión para sus miembros, un reducido número de Logias se constituyen en Londres, el día del solsticio de verano de 1717, como la primera Gran Logia permanente, una auténtica federación de talleres. Desde ese momento las adhesiones fluyen, las Logias dispersas se aprestan a incorporarse a la nueva estructura y el modelo termina por asentarse.

Su Filosofía.

La masonería no aspiraba a otra cosa que a convertirse en "el medio para unir en una verdadera amistad a quienes sin su concurso permanecerían perpetuamente separados".

La vieja y sin embargo siempre nueva y exultante filosofía de los Francmasones ofrecía una sólida fe para sostener la esperanza en una comunión fraternal general, ya cumplida siglos atrás en el ámbito del trabajo operativo.

Se trataba, en realidad, de continuar edificando y construyendo en el equilibrio dinámico de la regla y del Amor. Y no sólo edificios materiales. El nuevo Templo a edificar era tan vasto como la Tierra, el Templo de la Fraternidad, que debía integrarse armoniosamente en el Orden universal. No podemos sorprendernos, pues, por el entusiasmo de las elites del Antiguo como del Nuevo Mundo que vinieron a incorporarse a la Francmasonería, en gran número y en muy poco tiempo.

El Templo debe edificarse en primer lugar en el interior de cada hombre de buena voluntad; el hombre es un animal, ciertamente, pero está dotado de razón. En él confluyen la materia y el espíritu, lo contingente y lo permanente, lo conocido y lo desconocido. Oscilando siempre entre dos polos, tiende hacia la sublime superación de lo perceptible y lo expresable.

La Logia ponía al servicio de esta tarea constructiva, y pone todavía, su incomparable experiencia y sus milenarios medios.

Trabajo.

La visita frecuente a la Logia conduce a cada francmasón no a trastocar su ser tras someterse pasivamente a un crisol ideal que los Maestros, atentos, hubieran diseñado para facilitar su salvación; no a disolverse en lo idéntico; sino a trabajar activamente según las reglas del Arte en la tarea de hacer cúbica su propia piedra y encontrar el honorable lugar que a ésta le corresponde entre las otras piedras, de textura y granulado diferente, que fueron desbastadas y pulidas por cada uno de sus hermanos y que se unen entre sí con la cimentación fraternal.

De este modo, a través de su trabajo iniciático, el franc-masón no se contenta sólo con vivir sino que contribuye a la organización equilibrada de la vida.

Tolerancia

Esta actitud de equilibrio es la antítesis de las cosas fáciles de obtener. Implica en toda circunstancia una total libertad de elección, una opinión personal forjada en torno a cada ser y a cada cosa.

El medio de culminar semejante tarea radica, en primer lugar, en la práctica de la Tolerancia, la base indispensable de toda verdadera libertad.

En efecto, todo hombre que "introduce un prejuicio en la observación, el estudio o la crítica no puede ser libre". Si quiere llegar a serlo, no solamente tendrá que "excluir de sus conclusiones cualquier prejuicio consciente" sino, además, "buscar en su interior los prejuicios inconscientes, a fin de excluirlos una vez reconocidos", aceptando que no será capaz de llegar nunca a detectarlos a todos, pero intentando al menos acercarse en la medida de lo posible a la verdad, siempre preciosa e indomable.

El hombre que actúe de este modo demostrará que conoce a sus semejantes, con todas sus complejidades y sus divergencias respecto a uno mismo, llegando a "rectificar sus propios juicios inexactos o logrando que los otros modifican los suyos".

El esfuerzo que tal actitud requiere es considerable, debido a la cantidad de impulsos pasionales que deben subyugarse para conseguir "ponerse en el lugar" del contradictor, a fin de alcanzar el punto de equilibrio que permita salvar las barreras del desacuerdo.

Imagínese la profundidad y el alcance de esta devoción hacia la Tolerancia. Profundidad que debe alcanzarse, incluso y sobre todo, con aquellos cuyos pensamientos son lo más radicalmente opuestos a los propios. Y alcance, que implica incluso la proximidad física en aras de alcanzar una mutua comprensión entre los hombres de distinta condición, de un mismo país o de naciones diferentes.

Se ha afirmado con justicia que la Tolerancia es a la comprensión humana lo que el método es a la comprensión de la ciencia. Así, una comprensión que se oriente al logro de una fraternidad activa lleva en su seno su propia recompensa. Comprensión que rompe las cadenas de los mitos y de las escolásticas, de las servidumbres espirituales que embotan el espíritu crítico y degradan a los hombres mientras los conduce al odio absurdo y a la desesperación.

Se trata de una comprensión que revela al hombre ante sus mismos ojos, para hacerlo digno de su misión en la tierra a través de la práctica esclarecida de ese don incomparable y supremo que es la libertad de juicio, fruto maravilloso del jardín del conocimiento. Y ofrece a todos los hombres la ocasión para unirse en igualdad en un ideal común de paz y de concordia.

La Tolerancia es un universalismo del Espíritu.

Universalismo

Si el Humanismo caracteriza la manera de pensar y sentir de quienes supieron mantener el amor hacia los hombres por encima de las guerras religiosas del siglo XVI, sin desesperar nunca de la humanidad, se puede afirmar que el Universalismo sería una forma de Humanismo en su sentido más amplio.

Es universalista quien se muestra capaz de aceptar -sin odio, sin pasión y sin prejuicios- cualquier manifestación del espíritu humano, del alma humana, de todo cuanto procede de un cerebro o de un corazón humano, venga de dónde venga tal manifestación, en todo el tiempo y el espacio.

Este Universalismo obliga al Templo y al Masón a adoptar una predisposición a escuchar atentamente antes de proceder a negar o a aceptar cualquier propuesta –procedente del alma o del espíritu humano- que se presente a las puertas del Templo masónico o al corazón o al pensamiento de cada francmasón individual.

Solidaridad

La Francmasonería expresa en términos modernos valores morales plenamente vigentes a pesar de su antigüedad, que han probado su eficacia y solidez resistiendo las pruebas del paso del tiempo. La extrema antigüedad de las sociedades iniciáticas y de los colegios de artesanos masones pone de manifiesto la presencia de unas tendencias permanentes en nuestra especie.

El hombre es carne y espíritu vivo, un ser engendrado. Todos sus derechos y todos sus deberes tienen que ver con la creación, la procreación y la necesidad de asegurar la perennidad de su especie. La naturaleza ha impreso en la familia humana -tenida como base necesaria del derecho- una autoridad patriarcal continua, específicamente fundada en el ejercicio de la fuerza, el conocimiento, la conciencia y el amor, que ejercen momentánea y sucesivamente los individuos física y espiritualmente más aptos para asegurar el respeto a los fines de carácter permanente.

Cada uno de los llamados a ejercer esa autoridad asume la responsabilidad de proteger, informar, disciplinar y, llegado el momento, facilitar la emancipación de quienes se hallan a su cargo. Y de abdicar finalmente en favor de un sucesor cualificado.

Experiencia, conocimiento, acción y amor en pro del futuro de la especie y de su progresiva emancipación: tales son los principios de un orden armonioso y sin artificios. Un orden que actúa de manera análoga en los dominios del espíritu, donde también se dan la herencia y las familias.

La Fraternidad no está limitada o reservada, como es bien sabido, a la consanguineidad; apunta, con toda seguridad, hacia la solidaridad espiritual.

A tenor de su dilatada perennidad, el orden al que nos referimos está por encima de cualquier obra material o espiritual; toda construcción duradera debe ser erigida según la ley, con el acuerdo necesario de los hombres, conjugando la armonía interior con la armonía universal para lograr que lo que está abajo sea análogo a lo que está arriba.

La francmasonería busca patriarcalmente entre sus adeptos a los futuros Maestros de obra, libres de pensamiento y entusiastas de la libre disciplina, hombres que sepan madurar el plano o proyecto de sus obras con arreglo a la norma y la sabiduría, para actuar siempre en conciencia, con amor y verdad; la francmasonería es una sociedad iniciática, una familia, cuyos ritos e historia conducen a sus miembros, usando uso de medios seculares, al desarrollo progresivo de sus más altas virtualidades espirituales, para que sirvan luego a la humanidad y a su incesante evolución como guías fraternales hacia el perfeccionamiento, el orden y la armonía.

Cumpliendo con perseverancia el trabajo sobre uno mismo y en sí mismo (para lo cual la Logia le ofrece un cuadro o guión específico a cada etapa), el francmasón se hace digno de tal misión y obtiene como recompensa su propia elevación en amor y en conocimiento.

La Orden a la que pertenece no le pide otra cosa que ser libre y hombre de bien, tolerante y respetuoso de las leyes de su patria y, sobre todo, de las que rigen la admirable arquitectura del universo.

Su Esoterismo

Por tanto, la Gran Logia de Francia, como coheredera de esa Tradición, junto con sus hermanas, las Grandes Logias establecidas en los otros países del mundo, postula la existencia de un principio creador, dinámico por excelencia y organizador de los mundos, que, como ellas, denomina Gran Arquitecto del Universo, y que simboliza mediante el ternario, puesto que es triple necesidad de toda existencia que todo concepto requiera un soporte para alcanzar su manifestación en equilibrio y armonía.

Sin embargo, la Gran Logia de Francia no impone dogma alguno, dejando a cada uno de sus adeptos la tarea de interpretar a su arbitrio personal y según sus propias luces la silente enseñanza de los símbolos que se acercan hasta su entendimiento por las vías racional y sensible. Tampoco induce a ir contra ninguna doctrina filosófica o religiosa, ninguna raza ni creencia alguna, mientras éstas no nieguen el orden universal, la Vida o la dignidad de la persona humana. Se muestra así fiel a su Tradición, que le insta a no interponer ningún limite en la búsqueda de la verdad ni en el ejercicio de la libertad, "ese patrimonio de toda la humanidad", ese "resplandor de las alturas que ninguna autoridad tiene el derecho de apagar ni el de aminorar", el bien más precioso que jamás haya sido concedido al hombre para una mayor dignificación de su vida.

El franc-masón consolida esta dignidad con su trabajo y, sobre todo, con el trabajo emprendido sobre sí mismo, que lo conducirá por la vía del buen sentido, con la ayuda también de la cultura intelectual y racional, hacia un crecimiento interior y espiritual capaz por sí sólo de situarlo en armonía con el Universo viviente.

La ley del Silencio.

Toda Logia masónica, en tanto que templo de la Luz, se denomina tradicionalmente Logia de San Juan – el Juan del solsticio de invierno y el del solsticio de verano, cuyo nombre resplandece con la luminosidad emana de la fuente misma de donde procede toda forma de vida aquí abajo.

Pero no hay que llamarse a confusión. Por grande que sea la antigua gloria de nuestra Orden, nosotros no somos unos fatuos y todos nuestros esfuerzos se revisten de modestia.

La primacía que damos al espíritu y que nos invade de esperanza y de optimismo, lejos de separarnos, nos mantiene en él en todo momento.

Nosotros reconocemos con total sinceridad que no poseemos esta imperceptible verdad que tantos hombres se imaginan detentar en su totalidad.

No nos cabe la menor duda respecto a la humildad de nuestro actual estado. Pero puede que esta humildad guarde en su seno algo de auténtico valor por cuanto sólo los mediocres llegan a convencerse de la definitiva perfección de sus opciones.

Artículo extraido del Número 0 de la revista "Points de de Vue Initiatiques", aparecido en enero de 1958. (Versión española autorizada por la Gran Logia de Francia.)

 

Enjoyed this article? Share it